Memorias de un Elefante

4. Small issue, small issue

June, 26

La salida del avión se produce de manera más o menos ordenada, debe ser el cansancio. Nos dirigimos como zombis a la puerta más próxima y vamos bajando. Al final de la escalera nos aguarda un bus. Me queda claro que el término aforo máximo no es algo objetivo como me habían enseñado hasta el momento, sino que es más bien una variable en función de las necesidades del momento. ¿Qué el bus es para 40? ¿Qué hay que meter 90? No hay problema, ya se las arreglaran, mientras se cierren las puertas.

Tras sentirme una gamba en medio de muchas otras, por fin el bus para y nos deja como en una puerta de garaje. Es una especie de garaje que han acondicionado con unas cuantas mesas y sillas como zona de llegadas.

Hora de rellenar nuestra solicitud de visado para Kenia. Parece mentira que nos sigan mandando deberes… ¡qué estamos en vacaciones! Vale, lo reconozco, así como en los controles es muy difícil copiar porque hay muchos tíos mirándote y hasta tocándote, esta vez L, V y yo nos ayudamos un poco. Pero tss, queda entre nosotros.

Y ahora, como en todos los exámenes oficiales, toca desembolsar. 40 euros y te aprueban fijo, si es que ni se leen el examen. Yo la próxima vez paso de poner tanto esfuerzo.

Una vez estamos ya todos oficialmente en suelo Keniano, pienso sobre los próximos movimientos que sin duda determinarán el éxito o fracaso del día.

Vale, lo primero conseguir shillings. Intento parecer que sé mucho y me pongo con cara de interesante mirando las exchange rates de los diferentes puestos. En seguida, un montón de aspirantes nos asaltan.

¿Tenéis taxi? ¿Queréis cambiar dinero? ¿Adónde vais? ¿Pero, ya habéis contratado? Ven aquí, ven allí…

Me acerco a una oficina, me dicen ven, ven. El cambio está a ciento y pico shillings el euro. Pongo cara de indecisión y le sube un punto. ¿Qué me dices? ¿Hasta se puede regatear el cambio? Ya sabéis que el regateo es una de las cosas más ancestrales que existen. Pone a prueba a cualquier hombre y a su orgullo. Así, que ahí tenía a un hombre ofreciéndome un shilling más por euro y yo sin saber cuál era mi siguiente movimiento. Casi involuntariamente, pedí uno más por cada euro. El tío me frunció el ceño. Jaja parece que el negocio ya no le hacía tanta gracia. Insistí un poco y me lleve el gato agua. En ese momento, una especie de satisfacción recorre tu cuerpo como diciendo: ¡Bien hecho, tío!¡La has clavado!¡A ti,  no te la juega nadie!

Pero luego, me quedé pensativo un rato. No, en Kenia nunca ganas, te hacen creer que vas por delante y te están timando otra vez. No es algo personal, sólo business. Así que tendré que mirar las exchange rates por internet a ver qué es lo que pasa.

Claramente, tras los shillings hay que hacerse con una tarjeta para el teléfono. Safaricom sin duda. Y ya estamos listos. Llamo a Fridah, mi contacto en Nairobi mientras le digo a V si puede ir a echar un vistazo por si ve algún cartel con mi nombre. Nada, no hay éxito. Nos sentamos a esperar con las maletas entre las piernas. Vuelvo a probar suerte.

-Fridah, ¿dónde está tu amigo? ¿no lo vemos por ninguna parte?

Decido contactar directamente con él. Vuelvo al aeropuerto, la historia se repite. Me vuelven a asaltar. Mientras V y L me esperan algo desconcertados fuera. Tras unas vueltas, mientras estoy volviendo al punto de encuentro me choco con V, L y un par de Kenianos. ¡Premio! Uno de ellos lleva mi nombre. Nos conducen hasta un coche al más puro estilo Keniano. Ruedas tuneadas, alerón y lunas tintadas. Después de unos cuantos intentos, logramos encajar como podemos los maletones que llevamos. Eso sí, la bolsa de V irá sobre sus piernas.

COCHE

Empieza el viaje y al mismo tiempo la aventura. Somos informados por el conductor que el copiloto forma parte de la mismísima Kenyan Army. O sea, estamos siendo escoltados por el propio ejército. Si alguien temía por su seguridad, ya puede estar tranquilo.

4. KENYAN ARMY

Digamos que la travesía hasta casa de Fridah no fue precisamente sencilla y nos llevó más tiempo del esperado. Ya sabéis lo que iba a durar media hora acabo siendo unas dos horas. Pero al final lo conseguimos. Sigo sin entender muy bien la última maniobra que hicimos porque pasamos como tres veces por el mismo sitio, hacia delante, hacia atrás y otra vez hacia adelante. Ahí estaba Fridah, esperándonos. Nos invitó a su casa amablemente.

Tras pasar la puerta me descalzo y lo primero que veo es un pequeño sofá para tres personas, una mini tv, una mesita y un colchón en el suelo. Sobre el colchón se encuentra un bebé dormido. En la misma casa se encontraba la hermana Fridah, a la cual aún no había tenido el gusto de conocer. Se llevaron a cabo las presentaciones oportunas y antes de que nos diéramos cuenta, sacaban al “salón” unos plátanos, unos sándwiches y té (famoso té keniano). No sé puede expresar con palabras el contraste que provoca el ver como alguien que no tiene ni una habitación para sí y lucha mes a mes por hacerse con algo de comida, te da todo cuanto tiene y más. Lo siento, no se puede explicar, hay que vivirlo.

Tras estar en casa de Fridah, iniciamos con nuestros nuevos amigos, Martin y su prometida, el viaje hacia el orfanato. Nuestro protector abandonó el vehículo para dejar sitio a la prometida de Martin. Así que ahí íbamos, V, L y yo, detrás y Martin y Linette delante. Son las 13:38. Tiempo estimado de llegada las 17:30. El viaje parecía calmado, con un poco de escasez de espacio pero nada comparado a un viaje en matatu… o al menos eso pensaba. Yo, que pensaba que mi viaje en matatu había sido lo más, que ya nada podía sorprenderme, tuve que agachar la cabeza.

Nuestro coche vuela dirección marimba, todos llevamos el cinturón. De fondo, suena una selección de gospels muy bien escogidos y ¡BOM! ¿Qué ha pasado? Miramos hacia atrás, todo parece normal, proseguimos. Otro badén. ¡BOM! El maletero está abierto. A toda velocidad por Kenia y con nuestras maletas al aire. A alguien podía haberle tocado la lotería perfectamente. Disminuimos velocidad, paramos en el arcén. Tratan de arreglarlo, me bajo a ayudar.

-Small issue, small issue. Don´t worry

Vamos hasta un pequeño garaje de reparación que se encuentra al lado. Todos se involucran mucho con nuestro pequeño problema, hasta ocho kenianos se ponen a reparar nuestro maletero. Corrijo, uno repara y siete miran. Probamos y probamos, parece que no cierra.

Small issue, small issue.- repite el conductor una y otra vez.

MALETERO

Yo ya estoy pensando en que bueno de lo malo malo, es complicado que las maletas salgan volando si no vamos muy rápido. A todo esto ya llevamos como un par de horas de viaje de las supuestas cuatro horas que dura el viaje. Casi cuando ya nos estamos haciendo amigos de los mecánicos, el maletero parece cerrarse otra vez bien y proseguimos el viaje.

Todo parece igual pero al mismo tiempo diferente. Cada vez que miras por la ventana te encuentras con algo nuevo. Algo más que contar a la vuelta, algo que te hace estar atento durante todo el viaje.

Tiempo de otra parada. Esta vez en una gasolinera. Aprovechamos para comprar algo de beber y comer. La verdad es que todo está tirado de precio, dos botellas de agua y cuatro paquetes de seis oreos cuestan apenas dos euros.

Toca avanzar de nuevo, ya comidos y con el maletero bien cerrado. No tardaría mucho en abrirse de nuevo pero la verdad es que ya ni nos importaba. Ni nos molestamos en pedir que pararan a cerrar otra vez el maletero, simplemente cada vez que había un badén echaba un ojo por si algo salía volando.

Una paradita más. Ahora toca lavar el coche, o eso es lo que nos cuentan porque nadie le echó agua y menos jabón. Nuestro conductor se pierde entre la gente y aprovechamos para cerrar de nuevo el maletero.

El día avanza y cuando al principio soñaba con llegar sobre las 17:00 o 18:00, ya sólo me conformo con estar en el orfanato antes de que anochezca.

Cae la noche. Llegamos a Nkubu. Se supone que ya estamos al lado. ¿Por qué no parar entonces a cenar algo? Ese restaurante de ahí tiene buena pinta. Cogemos una mesa. Se va la luz. Estamos totalmente oscuras, me atrevería a decir que por un momento cunde un poco el pánico. El problema es resuelto en nada y antes de que nos demos cuenta nos están sirviendo nyama choma con patatas fritas. Nuestros drivers piden un poco de ugali para compartir.

4. NYAMA CHOMA

Llamo a Mama rita para decirle que tras la cena llegamos, que ya estamos al lado. La cena sirve para estrechar nuestra amistad y antes de que acabemos ya nos han invitado a su casa en Nairobi unos días.

Oscuridad total. Nuestro conductor pide indicaciones para llegar al orfanato. Me parece que estamos un poco perdidos, sólo un  poco. Paramos como tres veces a preguntar y se me ocurre que llamar a Rita va a ser lo más práctico. Le paso el móvil al driver, mejor que se entiendan ellos.

En medio de Kenia, somos la única luz que ilumina el camino. Nuestros faros dan de frente con unos viandantes, caminantes en plena oscuridad, en medio de la jungla, sin tener ni idea de adonde estarán yendo.

Llega la prueba final, sólo una cuesta nos separa. Pero no es una cuesta cualquiera, es la cuesta. La cuesta que no está asfaltada, la cuesta de la que se desprenden piedras, la cuesta.

Primer intento. Arrancamos y… nos quedamos atrapados, dejamos que el coche vaya cayendo hacia atrás lentamente durante un minuto aproximadamente. Parecía que nunca llegábamos al final.

V se está empezando a preocupar un poco. Le tranquilizan diciendo que sólo hace falta un poco más de speed.

Allá vamos, a tope de speed. Run run y ¡arriba! Lo conseguimos, hemos llegado.

Se ve a una señora con una linterna, parece ser mama Rita. Cientos de perros salen a nuestro encuentro. Casi mejor que nos quedamos en el coche. Avanzamos un poco más. Distinguimos entre las sombras, lo que vienen siendo algunos de los edificios de los que se compone el orfanato.

Salen muchas personas a nuestro encuentro. Se presentan, nos saludan, nos dan la bienvenida.

Lo hemos conseguido. Aquí estamos, Our Lady of Grace Children Home, nuestra nueva casa.

pd: Una muestra de la selección de gospels, irán apareciendo más!

El contador de arena

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