Memorias de un Elefante

5. Momentos para jamás olvidar

June, 27-28-29

Aunque los días pueden parecer similares en Kenya, cada uno de ellos es completamente diferente. Cada uno de ellos tiene su esencia, su forma de ser, su forma de sorprenderte. Y aunque con cada día podría rellenar folios y folios, describiendo cada imagen, cada pensamiento que recorre mi cabeza y se expande a mi cuerpo, ya sea en forma de temblores por el frío o de espasmos rítmicos por el sonido de los tambores. Apagados unos por las ocho mantas que nos colocamos encima cada vez que llega la noche y liberados otros mediante movimientos imposibles jamás antes intentados. Por razones pragmáticas me veo obligado a resumir cada momento al mínimo, al detalle, para que como si de un perfume se tratara, que al sentir su aroma, recuerda los momentos más especiales que compartiste en compañía de ese olor, así, vengan a mí, al leer algunos de estos párrafos sueltos, estos momentos tan especiales que vivo y comparto hoy aquí. Aunque, sin duda, la esencia, el verdadero olor, sólo podrá ser sentido por aquellos que realmente vivieron y compartieron esos momentos, quedará guardada en nuestros corazones y, así, un día imprevisto, cuando menos me lo espere, una mirada, un sonido, un olor o una palabra hagan de nuevo salir a estos recuerdos ya por siempre unidos a mí, ya por siempre una parte de mí, y me hagan sentirme una vez más aquel chico que se fue a Kenia a descubrir el mundo.

Por eso, que lo siguiente, sirva de puente entre mi llegada y los próximos días. Sirva para recordar aquellos primeros momentos, momentos de desconcierto. A veces, de miedo. De no saber qué hacer.

Momentos de conocerse. De conocer a nuestros nuevos vecinos, los checos; Francis, Klara y Kendi; con los que compartiremos home las próximas semanas. De conocer a mama Rita, esta increíble mujer que se vino a África a vivir, a fundar un orfanato y recoger de las calles y de los poblados a las más necesitadas. A darles educación y comida, techo y una cama, ropa y calzado, pero sobre todo, lo más importante, su tiempo y su corazón. Conocida como la única mamá que han tenido, conocida como su refugio, conocida como mama Rita. De conocer, poco a poco, a los trabajadores del lugar. De conocer a las niñas, a las 194 niñas que duermen en los dormitorios de en frente.

Momentos de tratar de recordar sus nombres, de ser preguntados una y otra vez do you remember my name? Y tratar de salir del paso de la forma más heroica posible. De pensar cada noche en lo bonito que ha sido el día y de prepararse para el día siguiente. De coger de la mano a cada una de estas niñas y sentarlas sobre tus rodillas.

De probar el famoso bizcocho de bananas y carrots de mama Rita que a Francis tanto le gusta y de ser invitados a cenar spaguettis en su casa. De conocer a sus 101 perros y gatos. En especial, el gato escalador, que te sube por las piernas hasta alcanzar tu plato.

De ver a todas las niñas bailar por primera vez, mover su cuerpo con una facilidad pasmosa. Verles reír y aplaudir. Hacer el tonto, jugar. Darles las buenas noches. Que te pidan un abrazo antes de acostarse y te digan que te quieren, que esperan verte mañana otra vez.

De ver a soldados con rifles de asalto en la puerta de nuestra casa y luego suspirar porque están de nuestro lado, de ver que están vigilando a los presos trabajar en nuestro campo. De que alguna niña pequeña te mire con cara sorprendida y cruzar los dedos para que no se eche a llorar.

De asistir a misa al más puro estilo Keniano. Pasarse toda la mañana dentro de la iglesia, viendo sus bailes y escuchando sus canciones, dando gracias a Dios por todo. De no importarte si la misa es de dos horas o de tres, porque aquí el tiempo es de los que te rodean. Sin prisas, sin agobios, sin competición, y, sin embargo, viviendo el momento más que nunca. Porque aquí no importa quién eres, de dónde has venido, si eres el más listo de la clase o no, aquí siempre tienes un espacio para venir y ser feliz.

Momentos de preparar los juegos para las niñas, de montar todo un sistema para hacer equipos igualados. Momentos de estar horas copiando listas de nombres y de equipos a mano, de pensar juegos, de hacer diplomas hasta las tantas de la noche. De ser atacados por hormigas asesinas que se aferran a la ropa como si no hubiera mañana. Momentos de cenar con los checos, de practicar nuestro inglés. De probar su alcohol medicinal. De reír toda la noche.

Momentos para recordar, momentos para jamás olvidar.

El contador de arena

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