Memorias de un Elefante

8. An Office to remember

July, 2

Hoy me veo fuerte. Creo que es un día perfecto para hacer algo de ejercicio. Con esto en mente, me visto. Pantalón corto de chándal y una camiseta. Nada estrambótico, bastante sencillo.

Me reúno con L, ya va siendo hora de empezar a trabajar un poco. Primer paso, buscar a Sophie o Lisper, encargadas de la oficina del orfanato. La verdad es que no sé muy bien por dónde empezar. Nos sentamos los cuatro y les explico más o menos que información me gustaría recopilar, para luego ordenar e informatizar. Por una parte, es todo lo relativo a las niñas del orfanato. Por otra, los gastos. Enseguida, se cubre la mesa de archivadores. Se me ocurre que quizá sea mejor que nos vayamos a trabajar a la oficina para evitar estar moviendo los files de un lugar para otro.

-Could we bring a table here?

-Yes, of course

Con nuestra nueva mesa de trabajo instalada en aquella pequeña habitación ya estamos listos para comenzar. Ya quisieran muchos tener el despacho que nos hemos montado en un momento. Pónganse cómodos porque aquí pasaremos muchas de nuestras próximas horas, revolviendo y tocando todo, adentrándonos en los múltiples files. Sacando carpetas y archivadores. Tecleando hasta que salga humo de nuestros dedos. Aquí, en esta habitación, en estas cuatro paredes, en lo que sin duda será an office to remember.

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Le pedimos todo lo que tiene en el ordenador y nos ponemos a pasarlo al nuestro, mientras voy mirando por donde narices empezar en aquel caos de papeles. Parece que esto va a ser imposible. Se une V al equipo y decidimos empezar a pasar algunas de las fichas de las niñas recopilando toda la información posible. La clase elegida, la class 8, las que el año que viene empezaran secondary school.

Llega la hora de comer y aunque no hemos escrito mucho, todo el desorden parece ir teniendo un sentido. Tras comer volvemos a la oficina, L se pone a tope con las fichas. Yo, por mi parte, empiezo a pasar pequeñas biografías escritas por las propias niñas.

Esto me hace reflexionar. Me deja pensando. Es alucinante por todo lo que han pasado estas niñas, estas niñas huérfanas. La mayoría ni ha llegado a conocer a su padre y a su madre. Vidas duras, realmente duras. Cosas atroces acontecidas en los pequeños cuerpos de unas niñas de apenas 14 años. Confundidas y asustadas, sin saber si quiera si merece la pena vivir. Y nosotros al otro lado del mundo, cómodos en nuestras casas, sin apenas interés por lo que pasa más allá de nosotros. Sin saber y sin querer saber. Escondiéndonos en nuestras excusas diarias para no sentir el peso de nuestra conciencia. Las voces apagadas de todas estas niñas que nos gritan desde sus sueños. Sus sueños fríos como el suelo sobre el que han tenido que pasar muchas noches antes de llegar aquí. Y sin embargo, no hay una carta que no acabe con un THANKS, con un thanks to God por haberles permitido entrar a este orfanato, porque ya no importa todo lo que ha pasado. Firmadas con la ilusión de ser grandes abogadas, médicos, profesoras… Con la ilusión de ayudar a todos aquellos que lo pasan mal.

Antes de que me dé cuenta es hora de ir a cenar. Hace un frío que alucinas y yo sigo con mi pantalón corto. Con lo que no sigo es con mi intención de hacer ejercicio. Esta noche toca indian food preparada por la mismísima mama Rita. Al festín están invitados, un párroco de Meru , venido de Canadá hace uno años. Lleva una boina a cuadros sobre la cabeza y tiene cara de buena persona, no, lo siguiente. En segundo lugar, Jerry, un sacerdote venido de Australia que ahora es párroco del pueblo de al lado. Le escoltan dos seminaristas del mismo Kenia, Felix y otro cuyo nombre no me quiero acordar. También nos acompaña una mujer residente en Canadá pero con un acento británico especialmente marcado. Originaria de la propia Inglaterra. Por último, todos nosotros, los seis de la casa, los spanish y los checks. Seis nacionalidades diferentes reunidas en la misma mesa, todas con un mismo propósito.

Es hora de empezar, destapamos las cazuelas. Huele de maravilla. Un poco de arroz y para acompañar diferentes carnes en sus salsas. Mm esta última es spicy. Buenísima. Como viendo siendo costumbre diversos perros y gatos tratan de hacerse con el festín. Es increíble como nuestro pequeño amigo el gato escalador va de pierna en pierna hasta asomarse por alguna parte de la mesa para pescar algo. Nos fundimos en una amigable conversación y disfrutamos de esta cena merecida. Corre la Tusker y el vino, aunque como bien sabéis, yo soy hombre de agua. No se desaprovecha nada.
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Tras la cena, el famoso bizcocho de bananas and carrots. Francis no se puede resistir a tomar un trozo y uno a uno vamos cayendo. Los perros ladran, los cachorros corren y los gatos saltan de un lado a otro. V y yo, consumidos por la curiosidad, nos ponemos a contarlos: siete perros, seis cachorros y siete gatos. Pero esperar un momento, esos solo son los de dentro. Afuera hay otros tantos. Hablamos y hablamos hasta que acabamos en círculo. Uno de los sacerdotes da gracias por la comida y por estar hoy aquí. Nuestro párroco canadiense es el primero en abandonar la escena. Al final sólo quedamos spanish y checks con la mujer canadiense que pasará aquí la noche con mama Rita.

Va siendo hora de despedirse y enfrentarse de nuevo al frío invernal. Good night! Good night! Mañana será un nuevo día.
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El contador de arena

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