Memorias de un Elefante

11. Those little mountains on the road

July, 7

Me despierto sobresaltado, escuchando unas voces al final del pasillo. Son voces que me resultan familiares. Agudizo el oído y trato de entender algo, pero no va más allá del ruido. Pienso que es momento de salir de la cama, me encuentro a V y L en el pasillo. L nos informa de las noticias.

Por lo visto nos hemos quedado sin reservas y no tenemos que comer, así que iremos con mama Rita a Meru town de compras. Nuestro coche sale en media hora. Media hora para estar ready. Teniendo en cuenta que durante este último año he cogido la costumbre de no desayunar apenas y que las duchas aquí no tienden a alargarse demasiado, ya sea por abrasamiento o congelación, me sobra tiempo para repasar un poco de kiswahili.

Sin embargo, nuestra salida se ve retrasada debido a problemas relacionados con los peces que ya mencionaremos más adelante. El caso, es que L y yo nos dirigimos a la oficina a tratar de adelantar un poco de trabajo. Carpetas por allí, carpetas por allá. No merece la pena adentrarse en detalles, ya que hoy estábamos centrados sobre todo en las notas del colegio. Ya sabéis números y más números.
Cuando llega el momento de salir, un hombre se monta en el coche con nosotros. Mama Rita al volante. Este hombre por lo visto es el encargado de la pequeña piscina con peces que ha montado mama Rita en el orfanato y ha sido la causa de nuestro retraso. Cuál era el problema con los peces, no lo sabremos.

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Una vez todos ready en el coche, en el supertodoterreno de mama Rita, comenzamos el viaje. Parece una tarea fácil, Meru town está a tan sólo 18 km. El viaje empieza movidito, la salida del garaje ya es todo un hito, por la gran cuesta de baches que hay que bajar, y lo que es peor, que habrá que subir a la vuelta. Luego, una vez fuera del orfanato, nos damos de bruces con el camino pedregoso. Boing, boing. Por fin terreno asfaltado. Pero hasta el terreno asfaltado tiene sus trampas. Sí, algo que hace que se tarde más de un minuto en atravesar cada kilómetro. Eso, que es posible muchos de vosotros conozcáis como badenes, yo aquí prefiero llamarlo “those little mountains on the road”. Y es que aquí, si se hace un badén se hace bien, y si se hace uno ¿Por qué no hacer 20? Quizá os resulten familiares de nuestro primer trayecto, cuando casi salimos propulsados al país de enfrente en un momento de descuido. Y es que los saltos son de campeonato como no frenes lo suficiente. Es más yo creo que se organizan competiciones o algo. Those little mountains on the road también ponen a prueba al conductor más experimentado no sólo en la velocidad adecuada sino en el ángulo de entrada. He visto coches cogiendo those little mountains on the road con un ángulo de 180 grados. Pero el asfalto Keniano esconde algunos otros peligros, como son los check points (algo que en cualquier videojuego es bueno, aquí se convierte en motivo de temor para muchos). Zonas atravesadas por las famosas barreras de clavos (por decir algo, porque más bien parecen espadas) en las que tienes que pagar la fee reglamentaria.

Tras un tiempo récord de 21:34 min en carretera sin tráfico, llegamos a Meru. Todo me empieza a resultar familiar en cierto sentido. Aunque ciertamente, todo se parece mucho. Son las 12:30 y las tripas empiezan a rugir, así que nos vamos a un restaurante. Al entrar al restaurante se detuvo el tiempo. Tuve un flashback, un déjà vu, un lo que quieras que sea, aquí ya había estado antes. Fue como en las pelis, cuando alguien empieza a recordar todo de nuevo. Y sí, ahí estaba, hace un año, sentado, en esa mesa, con un sacerdote keniano al que acababa de conocer. Ahí en esa mesa, donde empezó todo. Medio asustado, me acordaba, había pedido chicken con chips. Millones de recuerdos acudieron a mi cabeza, millones de sonrisas que recibí. Es increíble, quién me diría a mí que me volvería a sentar en el mismo restaurante un año más tarde pero en circunstancias completamente diferentes. Y sin embargo, aquí estaba, pidiendo de nuevo chicken con chips.

Tras la comida, la compra. Y sí, ya era de esperar. Volvía al supermercado en el que estuve comprando el año pasado. Empecé a recordar. Por ahí están las bebidas, más allá la fruta. Todo encajaba, hasta el elefante de la entrada donde me había sacado una foto.

De vuelta de Meru, volvimos a la oficina. Estuvimos rematando lo que nos quedada. Hoy de nuevo tocaba cena en casa de mama Rita. Como siempre excelente, pero una vez más fui sorprendido cuando el día parecía acabar.

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Me fui con L a ver a las niñas. Estaban en el comedor estudiando. Tras verme en apuros más de una vez tratando de resolver algún problema de matemáticas, llego la hora de irse a la cama. El momento de irse a la cama hay que planearlo con mucho cuidado, la estrategia es esencial. Hay cuatro dormitorios: st Joan, st Gwen, st Clare, st Rose. Es de vital importancia dar las buenas noches a todas las niñas, sino las consecuencias del día siguiente pueden ser atroces. No, no queremos recibir regañinas de las niñas por no haber ido a su dormitorio. Sin embargo, hay dormitorios que llevan más tiempo que otros, y hay dormitorios que se duermen antes que otros, además hay que contar con que es importante acabar en el dormitorio más cercano a la casa o a la oficina, si hubiera que recoger cosas. En definitiva, da igual cómo lo planees porque una vez entras en un dormitorio ya no sabes cuándo vas a salir.

Te piden que bailes, que cantes, que les abraces. Que vayas, que vengas. Que saltes, que hables kiswahili. Y entonces, cuando parece que ya has cumplido. Te piden que te acerques una vez más, te hablan a la oreja y te dicen:

Don´t share.

Al mismo tiempo que te pasan una hoja doblada que debes esconder rápidamente. Una hoja de amistad, una hoja llenar de amor. Una hoja en la que se encuentran las palabras más bonitas que te puedan decir. Una muestra de confianza, una muestra de inocencia. Una muestra de ellas.

El contador de arena

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