Memorias de un Elefante

12. (I) Siete trayectos, siete viajes. Matatu´s Guinness World Record

July, 8

Vaya día más espectacular. Con eso lo digo todo, aunque, en realidad, no estoy diciendo nada. Así, que vayamos a ello. ¿Por dónde empezar? Pues está claro, por el principio.

6:30. Suena el despertador. Primer madrugón desde que llegué a África. La verdad es que este año había decidido tomármelo con perspectiva y como bien sabéis, el descanso es una parte esencial de nuestra salud, así que si no era estrictamente necesario me he estado despertando con el sonido de la casa. Es decir, cuando la gente ya empieza a estar en movimiento. Lo de los checos me sigue teniendo preocupado, se acuestan tardísimo y se levantan los primeros, no duermen. Algo traman.

La ducha pone mi cuerpo en funcionamiento más rápido que cualquier otro estimulante inventado por el hombre.

Son las 7:00. La oficina está vacía. Ni rastro de Lisper. Vemos algunas niñas que están de camino al colegio. Esperamos. No viene nadie. Aprovechamos para acompañar a alguna de las niñas hasta su clase, las cogemos de la mano y a subir la cuesta de la iglesia para luego bajarla.

Las 8:00. Lisper aparece. Comprobamos una vez más el concepto de puntualidad keniana. “pole pole” o “slowly” para los menos entendidos. Fuera el estrés, aquí se improvisa y si no te gusta, te aguantas.

Salimos del orfanato.

Si en “those little mountains on the road” tuvimos nuestra lección introductoria sobre las carreteras kenianas, hoy nos hemos saltado las lecciones intermedias para ir directamente a la clase magistral.

Primer trayecto, Marimba-Nkubu. Para los que no estáis familiarizados con la geografía keniana, os diré que Nkubu es como nuestra primera base, es donde se encuentra la estación de matatus más cercana y la lanzadera a los diversos puntos de interés dentro de nuestra área de alcance. Lugar indispensable para ir a cualquier parte. El trayecto parece más o menos tranquilo, todo va bien. Yo, sentado en la parte delantera rezo para que no pase lo peor. En su momento insistí en que Lisper fuera delante y no yo, no fue por un arrebato de caballerosidad ni mucho menos, más bien, fue porque sabía lo que me esperaba si me montaba en el asiento del copiloto. Sin embargo, no me quedó otro remedio. El matatu taxi, este nuevo concepto que he desarrollado este año y cuya definición podréis encontrar al final de la entrada, fue pitando todo el camino. Todo con el ánimo de tocarme las narices e intentar montar a otra persona en el mismo asiento que yo. Hubo como tres intentos que por suerte todos fueron fallidos, es más, llegó a montar una persona más pero se colocó en la parte trasera. Es entonces, cuando una madre con su niño, de unos cuatro o cinco años, detiene el matatu taxi. Estaba teniendo demasiada suerte, no sólo iba a montar una persona más sino también un niño. No daba crédito. Sin embargo, el azar quiso que sólo montara el pequeño. Así que introduje al churumbel entre mis piernas y continuamos el viaje. Deduje por su uniforme y mochila que iría al colegio (como suelen hacer los niños con uniforme y mochila).

Tras esta pequeña anécdota llegamos a la lanzadera, a Nkubu. Tiempo de coger otro matatu, ahora sí que sí, ahora uno de los buenos. Un doce plazas más tres en la parte delantera. Y como vengo diciendo, un matatu nunca defrauda.

Ya antes de comenzar, el viaje prometía. Resulta que yo, en mi afán de reportero subcontratado por la National Geographic, me puse a sacar unas fotos del lugar. Todo esto, adoptando una postura gimnástica que puso a prueba mis músculos. Saqué medio cuerpo por la ventanilla y por encima del techo del matatu me puse a disparar la cámara. En cierto momento, un simpático keniano se me acercó buscando conversación, seguramente preguntándose qué hacía ese mzungu con el trasero fuera del vehículo. Pero lo mejor estaba por llegar. Llegó su amigo, un tanto más mayor que el primero pidiéndome dinero.

-Give money.

Pongo mi poker face.

-You have taken a picture of me so give me money.

Ah vale, ahora tiene sentido. Aquí quien no corre, vuela.

Para empezar, mi cámara estaba en dirección opuesta de donde él se encontraba. Y para seguir, mmm, no se me ocurre nada. El caso, es que yo, reportero subcontratado de la National, no pago a nadie por sacar fotos, en cualquier caso me pagan… supongo. Al final, me vi obligado a meter mi trasero en el vehículo de nuevo y a esperar sentado como un niño bueno hasta que se completará el matatu. Y digo sentado, si a eso se le puede llamar sentado, porque una vez más diferimos en el concepto de estar sentado. Por favor, aclarémonos. Para estar sentado las dos nalgas deben tocar la superficie, sino estamos hablando de otra postura.

Tras este pequeño incidente y superar el guinness world record de personas en un matatu, las cifras son 17 personas para 12 asientos (asientos precisamente no muy espaciosos). Nos ponemos en marcha. ¿A quién le hace falta anestesia? 20 minutos en este matatu y no notarás ninguna parte de tu cuerpo.

Segundo trayecto, Nkubu-Igoji. A Igoji íbamos a visitar la casa en la que vívia una de las niñas candidatas para el orfanato. Os explico. Lisper es social worker, por lo que a menudo tiene que ir visitando lugares de la zona para ver las condiciones en las que se encuentran niñas y niños, a menudo abandonados y sin nadie que les cuide.

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Llegamos a Igoji y por fin mi sueño se haría realidad. Eso que llevaba buscando desde el año pasado, la verdadera razón que me trajo a África de nuevo, sentir el viento en mi cara montado en una pikipiki (o motocicleta para los menos versados) a toda velocidad. Lisper accedió y montamos, sin embargo, el paseo fue muy corto. Nos encontramos con la casa, hecha de barro y un par de palos, sin nadie en su interior. Tomamos unas fotos y seguimos.

20140708_095112

Tercer trayecto, Igoji-Mitungu. Nuevo matatu, nuevos asientos. Esta vez nos colocan a L y a mí en los asientos delanteros. Creo que no subió nadie a molestar y digo creo porque me parece muy raro, pero bueno no me acuerdo muy bien, así que dejémoslo en un buen trayecto. Y no se podía esperar menos, porque Mitungu es ni más ni menos que dónde estuve el año pasado. Un pequeño almuerzo se hacía necesario. Mandazis acompañados de un montón de cárteles de equipos de fútbol (lógicamente, no comíamos los cárteles. Es una forma de decir que el lugar estaba plagado de pósters de nuestros equipos favoritos. Just in case haya algún malentendido).

Mandazi

Cuarto trayecto, Mitungu-Mitungu profundo. ¡A tragar polvo en condiciones! Tras tomar otra pikipiki hasta otra casa de barro, decidimos hacer una visita inesperada a mis amigos del año pasado. ¿Me recordarían? Pronto lo sabremos.

El contador de arena

Matatu taxi: Es un matatu, pero sin embargo con forma de coche y no de furgoneta. El planteamiento es el mismo, cuantos más mejor, no importa que vayan tres delante o dos en el maletero, pero la forma cambia. De ahí la necesidad de introducir este nuevo término.

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