Memorias de un Elefante

14. Entre Chapati y Mandazi y otros Bichejos full of protein

July, 9

Good morning! What to say? Después del día de ayer, parece que hoy va a ser un día relajado. Día de oficina, día de completar nuestro trabajo antes de que hagamos las maletas. Sin embargo, nuestra rutina laboral se ve interrumpida. Reunión con la jefa, es hora de rendir cuentas.

Nos dirigimos a su preciosa casa de árbol custodiada por todo un ejército de perros y gatos. Supongo que ya sabéis de quién estoy hablando. Sí, así es, mama Rita. Informes sobre la mesa, apuntes y alguna pequeña sorpresa. Todo parece estar correcto.

La verdad es que, a veces, me siento como el boss cuando se va de consejo a Tanzania. Tras este pequeño meeting, de vuelta a la oficina.

Allí, somos sorprendidos, L y yo, por un par de granujillas. Uno y dos años, respectivamente. Cabeza rapada y kikis de colores. Dientes y sin dientes. Estas pequeñas granujillas, en seguida, derriban un baúl de lego que se encuentra en la oficina. Y cuando un baúl de lego es derribado, sólo puede pasar una cosa.

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En seguida, me levanto de la silla y me pongo a buscar piezas como loco. Algo fundamental, además es preciso hacerlo rápido si no quieres que te quiten las buenas. Empiezo a desplegar todo mi ingenio en forma de una especie de construcción, que más tarde bautizaríamos como torre de control. Y es que el lego me revoluciona, me convierto en otra persona. Tantas construcciones, tantos planos había desplegado en mi infancia que ya se había vuelto algo parte de mí. Por supuesto, mientras L sujetaba entre sus piernas a la mayor, el otro pequeño monstruito, como si de godzilla se tratara, se encarga de destruir mis obras que, a falta de variedad de piezas, carecían de un grado alto de resistencia. Al final, tuve que darme por vencido. Y, así, entre pieza y pieza, llegó la hora de comer.

Venga va, hay que darle un empujoncito a Potter, venga empezamos la séptima primera parte y luego a la noche la acabamos. La comida está lista, hasta nos hemos preparado un poco de bacon, cortesía de V. Enciendo el proyector, sirvo agua, sillas colocadas, todos sentados, doy al play y…

-Hey!

-Mierda, ¿Quién es? Nos han pillado, rápido L, sal a distraer.

L sale a toda velocidad y despacha a nuestra visitante. Hemos ganado algo de tiempo. Nos sentamos, play y… Vale, ahora sí.

Suena un ruido a nuestras espaldas, ¿qué pasa? De repente la puerta que está por detrás de nosotros, el otro acceso a la casa, se abre. Entra una mujer, lleva música en el móvil y se da de frente con la pantalla y nuestra peli. Nos quedamos inmóviles. Nos la han jugado, ¿quién se esperaba que atacarían por la retaguardia? Tras un momento de indecisión, decidimos actuar. Paro la peli. Por fin, gira la cabeza hacia nosotros. Estamos mudos. Parece que quiere limpiar la habitación. Todo esto porque mañana llegan los singaporians. Parece que Potter tendrá que esperar. Recogemos el equipo y nos vamos hacia la cocina.

-Mierda, la cocina también la han conquistado, ¡estamos rodeados!

En seguida, aparece Lisper, trae un, yo diría, barreño enorme. ¡Bienvenidos al masterchef keniano! Cantidades industriales va cayendo dentro de nuestro gran recipiente y a base de puñetazos se van mezclando unas con otras. Sí el señor Miyagi hubiese estado en Kenia, se habría dejado de tanto “dar cera, pulir cera” y le habría enseñado a hacer chapatis a Daniel San. Nos habríamos ahorrado dos películas, porque el puñetazo hubiese sido espectacular. Esto sí que es autocontrol y precisión. Por supuesto, no pasó mucho tiempo hasta que, como buen amante del karate, me vi envuelto entre tanto puñetazo.

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Toda esa harina, azúcar, sal y agua se fue transformando en un bollo gigante. El bollo lo transformamos en un chorizo y del chorizo fuimos haciendo bolitas. Cada bolita era preciso aplastarla y luego extenderá bien bien con la ayuda de un mollete. Y, así, entre chapati y mandazi fue pasando la tarde.

Por supuesto, una vez le fuimos cogiendo el truquillo fuimos mejorando la técnica. La innovación es esencial en la cocina y, como los grandes “restauradores”, la presentación es todo. Así que, en lugar de cortar la masa del mandazi en forma triangular (que es cómo lo veréis siempre), fuimos dibujando figuritas. Mención especial a la killer whale de V (quien no sepa que es una killer whale que se entienda con él), a la K de Kenya de L, y a mi jirafa; ganadoras del concurso. Eso sí, el aceite que no falte y que la cantidad abunde. Sí, hubiéramos seguido estrictamente los pasos de nuestro maestros, “los grandes restauradores”, probablemente, en lugar de dos cazuelas enormes a rebosar de mandazis, tendríamos tres pelotitas de masa pasadas por aceite, acompañadas de un sirope estrambótico, estrambótico pero bonito y, posiblemente, de un poco de hierba de los exteriores de la casa.

Tras guardar gran parte de nuestro botín en una de estas cazuelas africanas, nos dirigimos hacia casa de mama Rita. Le ofrecimos nuestro presente y nos unimos a la cena. Por supuesto, los gatos piratas no cesaron en tratar de robarnos el tesoro. Y daba igual cuán lejos los lanzaras porque siempre acaban, de nuevo, subidos a la mesa donde custodiábamos el botín.

Tras la cena, lluvia. Que mejor momento que este para probar mi new african hairstyle. Desde que me había comprado mi colgante de simba, me sentía más Keniano que nunca, así que afronté con valor el siguiente paso. Me encerraron en un cuartucho y me ataron de pies y manos. En seguida, empecé a sentir el dolor más terrible que os podáis imaginar, la pérdida de mi dignidad (si es que por aquel entonces me quedaba). Por suerte, llevaba una sudadera con capucha. Una vez fui liberado con unos 28 kikis, al estilo de la pequeña baby Lyn, nuestra pequeña monstruilla de la mañana; salí de incógnito. Pero no duré mucho, en seguida, descubrieron mi secreto y miles de risas apagaron el silencio del dinning. Sin ánimo de interrumpir sus estudios, decidí retirarme a los dormitorios. Pero la fiesta me acompañaba. Risas, sorpresas, carcajadas, secretitos a la oreja; en un momento me convertí en un hombre circo. Sí me ponía la capucha me la quitaban, así que me uní a la fiesta. Bailamos y nos reímos todos juntos. Algunas pretendían que volviera así a España. ¿Cómo narices iba ahora a ponerme a negociar los precios de vuelta Nairobi en matatu con esto? Obviamente no me iban a tomar en serio.

La lluvia provocó la invasión termite, miles de extraños bichejos voladores se agolpaban en cada bombilla de los pasillos que conectaban los dormitorios. Lo que nadie nos había explicado era que estos bichejos estaban rellenos de full of protein. A continuación presenciaría lo típico que te cuentan y dices

– ¡anda! ¡que va, no exageres!

Fijate, que yo ya llevaba en mi colección, niñas desenterrando frutitas de la tierra para comérselas, cañas de azúcar e, incluso, dedos pringosos de resina. Pero esto era algo nuevo. Las niñas se dedican a cazar estos bichejos voladores a base de sopapos al aire. Al final alguna caía o quedaba atrapado entre sus dedos. Una vez, el bichejo en su poder, les quitaban las alas. Y, es que, quizá no es bueno pasarse con la fibra. Tras quitarles las alas, el bichejo, aunque podía andar, era tremendamente lento y su escapada se hacía inimaginable. Tras ofrecerme probar tal suculento manjar, se lo comían. Quizá, sea este, después de todo, el secreto que se esconde detrás de los grandes corredores africanos. Quizá sea este, el secreto de su velocidad. Nada de barritas energéticas, ni fórmulas mágicas. Nada de dopajes, ni sustancias prohibidas. Simplemente, bichejos voladores.

El contador de arena

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