Memorias de un Elefante

15. Excuse me! Esto no me carga

July, 10

Toc, toc. Se oye a lo lejos mi nombre al otro lado de la puerta. Estoy atrapado en ese estado intermedio entre conciencia y el sueño. ¿Sigo soñando o estoy despierto? Se alejan unos pasos. Vale, estoy despierto. La cuestión es… ¿me levanto? Afuera hace frío, es muy pronto y no, no quiero ir. ¿Pero cómo no voy a ir? Me espera un gran día. Va, calcetines dentro y zapas calzadas. El depósito que se encuentra a la izquierda de nuestra casa se está desbordando, el clima es húmedo y el agua empaña el ambiente.

Las niñas están empezando su trayecto hacia el cole. Cuando nos ven aparecer, corren hacia nosotros. Nos cogen de la mano. El sol asoma entre las nubes, hasta se puede sentir un poco de calor. Las clases empezarán dentro de una hora, a las 8:00. Ahora es tiempo de hacer deberes. Nos vamos colando en algún aula. De nuevo, me ponen en algún que otro compromiso preguntándome problemas de mates y palabras de inglés.

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Será mejor que nos vayamos, queremos sacar algunas fotos del sitio aprovechando que está soleado. O más o menos soleado. Tras unos cuantos disparos, vamos a la casa, cogemos lo necesario y nos ponemos ready para el día de hoy.

Rita nos espera en su casa del árbol. Coche a punto. Próxima parada Nkubu. Hasta aquí todo bien. Ahora empieza lo divertido. L y yo, estamos en la estación de matatus de Nkubu, nuestro destino final, Shalom Home, el lugar donde estuve el año pasado. Supuestamente hemos quedado con nuestro amigo de la pikipiki del otro día. Hemos resuelto que para que vamos a ir en matatu pudiendo ir en pikipiki. Si se va, se va con estilo. Mientras esperamos, obviamente, se van acercando todos los relaciones públicas del lugar.

Primero conversamos con un conductor de matatus, nos enseña su matatu e incluso nos invita a que montemos para probarlo.

Even you can sleep– nos dice

Tras esto, se me acerca un entrenador de fútbol. Quiere que vea a sus chavales jugar este domingo. Quizá se piensa que soy ojeador o algo. Al final me acaba dando su número de teléfono.

Bueno creo que es hora de salir, nuestro amigo Edwin ya ha llegado. Nos subimos a la pikipiki y empieza el viaje. Bueno realmente, no sé muy bien cuándo empezó el viaje porque lo que se dice arrancar arrancar, la moto debió de estar arrancada como cuatro veces, el resto fuimos dejándonos llevar por la carretera cuesta abajo que la gasolina está muy cara y hay que ahorrar. Tras comer un poco de polvo, llegamos finalmente a Shalom. Los niños están aún en clase, así que le digo a L que si quiere probamos a ir a la cascada en la que estuve el año pasado. Ya casi, contagiado por el ambiente, como si de un relaciones públicas keniano me tratara, les ofrezco el viaje a un par de italianos que rondaban por ahí. La verdad es que no se les ve muy entretenidos, así que no se lo piensan y se vienen. Empezamos a caminar. Diría que tenemos que ir hacia arriba. Caminamos. El italiano se anima a conversar conmigo. ¡Vaya! ¿ahora qué? ¿recto o a la izquiera?

Intento que no se note que no tengo ni la más mínima idea de cuál era el camino. ¡Bah!, recto. Tiramos recto. Avanzamos y avanzamos hasta que el paisaje pasa de sonarme cada vez menos a sonarme nada. Retrocedamos. Lógicamente teníamos que haber tirado hacia la izquierda en aquella pequeña bifurcación del principio. Pero, ¿cómo vamos ahora a desandar todo lo andado? Mmm, ya sé, vamos a tirar por aquí. Nos metemos por un pequeño caminito entre dos cultivos. Cruzo lo dedos. Andamos un buen rato entre cultivos. Ni la más mínima idea de dónde podemos estar. El camino se acaba, un riachuelo atraviesa nuestra posición. Lo cruzamos de piedra en piedra. Estamos dentro de un pequeño bosquecillo, ya no hay camino que seguir. Decido caminar hacia arriba, a ver si veo algo. Plátanos y más plátanos. Los plátanos son buena señal. ¿Derecha o izquierda? Atravesemos este cultivo de plátanos. Bien, veo una casa. Bien, de nuevo hay camino. Pero, dos caminos. Esta vez, ya no me la juego.

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-Where is the waterfall?- preguntó a una señora que está atizando machetazos a sus cultivos. Seguimos el camino indicado. Sí, esto ya me suena. Ahí está, al final.

Sin embargo, there is no water. No waterfall. No se si debe al mes en el que estamos o a las piedras que han echado los hombrecillos de la cantera de al lado, la cuestión es que el agua se ha esfumado. Además, curiosamente, en Shalom Home tampoco tienen agua. ¿Coincidencia? No lo creo.

Medio decepcionados, nos damos media vuelta. Esta vez por el camino bueno.

Llegamos a Shalom. Tras visitar la laundry que el año pasado comencé afanosamente a golpe de pico y pala, llega el lunch time. Father Francis no ha llegado.

Situación incómoda 2.0, L y yo entramos a la residencia de los italianos. Están cocinando y en modo “acoplation total” nos quedamos ahí de pie. Nos preguntan que si queremos comer. Mm pues bueno, la verdad, es que no tenemos nada… ejem… ejem… Venir, venir. Pasamos al comedor. ¿Nos sentamos? ¿Nos quedamos de pie? Los del comedor ni se inmutan y la amable mujer que nos ha invitado no está. Al final nos sentamos. Se parla italiano. L y yo nos centramos en nuestro plato. Para el café, ya estamos integrados.

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Prize giving time. Todos los niños han acabado los exámenes la semana pasada y ya están los resultados. Clase a clase se van diciendo las mejores notas y se hacen auténticos rankings. Se reparten un montón de premios y, como no, al final, los speeches que no falten. De esta no nos salvamos ni L ni yo, que nos vemos obligados a decir unas palabras a los niños. Terminada la ceremonia, aprovechamos para estrechar vínculos con los italianos. Antes de que nos demos cuenta el día se ha esfumado y está empezando a llover. Llamamos a nuestro colega Edwin para que venga a recogernos. Antonio, jefe de la escuadrilla italiana, nos acerca hasta Mitungu, donde nos encontramos con nuestro driver personal. Está empezando a llover y, si antes apenas consumimos gasolina, ahora parece que nos sobra. Por primera vez desde que vine a África veo cierta utilidad y alivio en los miles de badenes o little mountains on the road.

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Apenas nos quedan unos días para coger el vuelo de vuelta a España, así que en Nkubu. Decidimos meternos a un cyber.

-Mira ahí hay uno- dice L.

Nos dirigimos hacia allí, pero sólo vemos una puerta que se transforma en un pequeño callejón que no sabemos adónde nos llevara. Damos media vuelta, mejor preguntar. Justo antes de que se vaya…

-Edwin, Edwin. Excume me, do you know where is a cyber?

Amablemente, se baja de la moto y nos acompaña. Curiosamente entramos por el mismo callejón que hace apenas unos segundos habíamos rechazado. Al final del callejón hay unas cuantas puertas a uno de los lados. La última puerta, la nuestra. Un cuartucho equipado con cuatro ordenadores, cuatro sillas y una mesa para el jefe es lo que encontramos.

Nos cogemos un ordenador. No hay forma de que cargue. Llamo al jefe.

Excume me, esto no carga.

Hace algo, no sé muy bien qué, pero consigue que me cargue la página. Bueno, ready?

Vamos para fuera. ¿Qué ha pasado? Se han llevado el sol. Está oscuro y aquí el alumbrado público no funciona muy bien, por lo visto. Así que, ahí estamos, dos blanquitos, en medio de un callejón oscuro, alumbrados por el móvil, porque de verdad que no se ve nada. Salimos a la estación de matatus. Tratamos de buscar un matatu, pero a estas horas (las 19:15 o 19:30, no me acuerdo) parece que los matatus han desaparecido. Ahora todo el mundo parece pasar de nosotros. Nos movemos un poco en plan, eh, yuhuu, venir a timarnos o, al menos, intentarlo, ¡qué queremos volver! Un coche nos pita, nos acercamos.

-Where?

-Marimba. How much?

-a thousand.

Me río. Ni de broma. Claramente pensando que nos estaban timando aunque no era así. Lógicamente, si vas en un coche con 8 o 9 pasajeros el precio es más reducido pero ¿Quién narices iba a ir ahora para Marimba farm? Los matatus se habían convertido en taxis. Así que no había muchas posibilidades de negociación. Sin embargo, en aquel momento yo no había pensado todo esto y estaba convencido de que nos habían confundido con dos blanquitos perdidos a los que se podía timar. Al final conseguí un coche por 800 shillings. Lo que viene a continuación es posiblemente lo más surrealista que me ha pasado en la vida.

Para empezar el conductor no parece saber muy bien por dónde tiene que ir. Es más, nos pregunta que carretera coger. Pues si no lo sabes tú…

Una vez en camino, mientras cruzamos un pueblo, un hombre para el taxi. También va a Marimba farm. Este tío podía haber estado esperando dos horas a que apareciera un coche o algo pues éramos el único vehículo de la carretera, ya veis cómo funcionan las cosas aquí. Así que puede considerarse afortunado. Entonces mi teléfono empieza a sonar, es Lisper, está preocupada. Yo pienso, a ver sólo es un poco más tarde de las 19:00, y trato de tranquilizarla. Le paso con el driver y hablan. Al momento, veo que nuestro conductor no me devuelve el móvil y eso que hace un rato que acabó de hablar. Pienso que está conduciendo y que no ha tenido ocasión de dármelo de nuevo. Sin embargo, por alguna razón desconocida decido asomarme a ver qué pasa. El tío está marcando un número de teléfono. Pienso, igual está llamando a Lisper. Pero en cuanto, me vuelve el raciocinio… ¡Ni de broma se va a saber este tío el móvil de Lisper de memoria! Empieza a hablar.

-Excuse me. ¿Con quién estás hablando?

No sé qué me dice y me enseña su móvil al que le faltan todas las teclas.

-Bueno pues si quieres hablar con mi móvil, me lo pides.

Resulta que ahora me había convertido en cabina telefónica. Finalmente, tras quedarnos calados en dos badenes, llegamos a Marimba farm. Es entonces cuando la carretera deja de estar asfaltada para convertirse en un conjunto de piedras y tierra. Y aquí viene la traca final.

Metemos segunda y nos adentramos en el camino de piedras, sólo iluminado por los faros de nuestro vehículo. ¡Pum! El coche se detiene. Por nuestra derecha aparece una rueda rodando a toda velocidad que se va alejando. Al momento, nuestro conductor se baja del vehículo y se pone a perseguir la rueda como si le fuera la vida en ello. No nos lo creemos, esa rueda… ¿es nuestra? Nos entra la risa. No puede ser verdad. Me bajo del coche. Doy la vuelta para comprobar cuál es la rueda que ha salido despedida. Vale, falsa alarma, todas están en su sitio. El conductor vuelve haciendo rodar el neumático por delante de él.

-Do you need help?

Por lo visto, la especie de alambre con el que sujetaba la rueda en la parte trasera del coche se había soltado. Así, que ahí estaba yo, en medio de la oscuridad, iluminando los bajos del coche de este tío con la linterna de mi móvil. Cuando por fin lo arreglamos, le dijimos que ya estábamos al lado, que podíamos ir andando. Que de verdad, que íbamos andando. Pero el driver, siguiendo las instrucciones de Lisper, nos quería dejar en la misma puerta. Así que encomendándome a todos los santos me volví a sentar en el coche. Os acordáis la gran cuesta de piedras que hay subimos el primer día que llegamos, pues ahí estábamos de nuevo, cara a cara. Sólo podía quedar uno de los dos.

Por favor, que no caigamos hacia atrás, por favor que no caigamos hacia atrás. No paraba de repetir mientras íbamos subiendo. Al final, lo conseguimos. El resto es historia.

Sin embargo, el día aún no había acabado. Lisper nos preguntó si habíamos cenado.

-No Lisper.

-Ok, come.

Le seguimos hasta la casa de Rita. Mama Rita tenía compañía. Situación incómoda 3.0. Aquí estamos otra vez, en modo mega “acoplation total”, en casa de mama Rita, tratando de cenar algo. Como siempre, tomamos provecho de esta situación y aprovechamos para hacer amigos. Una de las invitadas, a las que acompañé al coche a buscar algo, resulta que tiene un restaurante en Meru town, al que no he ido pero que, sin duda, recomiendo.

Tras lavar los platos, nos despedimos, dando las gracias como personas educadas que somos. En la casa había más voces que de costumbre, más luz. Los singaporians habían llegado.

El contador de arena

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