Memorias de un Elefante

17. The last hug. Un matatu nunca defrauda

July, 13

Ahora sí que sí. Llegó el momento. Time is over.

Tras una amistosa despedida con los checos y con menos de cinco horas en la recámara, sonó el despertador. El reloj marca las 8:00. La habitación ya no está oscura. El día ha comenzado. Como todos los domingos, las niñas, junto algunos otros habitantes del village, se reúnen en la iglesia para celebrar la eucaristía. La iglesia se llena de colorido y ritmo. La misa, celebrada al más puro estilo africano, enciende los corazones de cada uno de los asistentes. Suenan los tambores, el pasillo central es recorrido por una procesión de bailarines, el sacerdote comienza la celebración. Aquí estamos, en el único lugar en el que no importa quién seas, que hayas hecho, cómo eres. En el que todos se dan la mano y cantan la misma canción. En el que todos centran su atención en el mismo lugar. Que mejor forma de despedirse y de empezar nuestro viaje de vuelta que esta.

Terminada la que será nuestra última misa en swajili al menos por un tiempo, nos vamos a terminar nuestras maletas. Nuestros maletones pesan lo suyo, pero nos las arreglamos para llevarlos a la puerta del orfanato, donde nos recogerá un taxi.

Mientras esperamos, la despedida. Las palabras de adiós, the last hug, la entrega de cartas, de bolis, de pulseras, el segundo last hug, las últimas fotos.

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Llega el taxi y Risper me presenta al conductor. Me asegura que él nos llevará hasta el matatu y se asegurará de que no nos timen.

-Ok, that´s perfect. Thank you. By the way, how much?

-500

Me replanteo mi vida. Llámame loco pero me parece un poco excesivo. Normal que se encargue de que nos time el del matatu, ya nos está timando él. Al final la cosa queda en 400.

Es hora de subir, de sacar la mano por la ventana y decir adiós. De sonreír pensando lo bonito que ha sido el tiempo compartido aquí.

De nuevo nos toca enfrentarnos al gran dilema, al gran interrogante, al gran elegido. ¿Cuál será el matatu que nos devuelva a Nairobi? Los hay con rayas amarillas y con ventanas tintadas, con nueve sitios o con quince, con helado por el suelo o con coca cola, con conductor con corbata o sin ella. Preferimos delegar la decisión en el taxista. ¡Y adjudicado! Matatu con franja roja y conductor con corbata. ¿Qué sorpresa nos deparará el elegido? Como bien sabéis, un matatu nunca defrauda y este no será menos, pero antes hay que llenarlo. El primero en montar es un integrante de la military defense of Kenya que había estado destinado en South Sudán y ahora le mandaban a Nairobi a descansar. Le gustaba mascar una especie de hierba estimulante y en su juventud llevó rastas hasta los pies. Para el final del viaje nos habríamos hecho grandes amigos. Luego montó una mujer que enseguida se puso a su rollo con sus cascos de música. Detrás nuestro una mujer con sus dos niños. El clásico 3×1 de los supermercados: pagas un sitio de matatu y montas a tres personas. Del resto del matatu ya no respondo.

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Aunque aquí, impaciente de mí, quiera ir rápidamente a la parte interesante, al momento en el que arrancamos, arrancar nos costó lo suyo. El matatu parecía no llenarse nunca. Esto me dio tiempo para acercarme hasta el súper de al lado y comprar un paquete de galletas a un par de niños muy simpáticos. También me permitió intercambiar emails con colegas de la zona, así como llamar un par de veces a Martin. Ya, en el momento final, el matatu se convirtió en un tetris 3D, en el que había que encajar tres maletones de los mendas, unas cuantas bolsas de patatas (no hablo de las típicas matutino, hablo de las del huerto, bolsas de unos cuantos kilos), otra maleta, alguna que otra mochila y demás utensilios variados a gusto del viajante.

Por fin, estamos en marcha. Primera parada, gasolina. Ya sabéis, no gasoline no travel. Ya nada nos puede parar… ¿o sí?

Desde que nos bajamos del taxi mi gran preocupación fue siempre que nuestras maletas se montaran con nosotros en el matatu y no se quedarán a residir en Nkubu con algún amiguillo. Por eso, cada vez que se abría el maletero giraba la cabeza para comprobar que todo estaba bien. Una de las veces, de hecho, no la vi. Me asomé por la puerta y la vi en el suelo. Enseguida me tranquilizaron, simplemente estaban redistribuyendo. Pues bien, la cuestión es que nada más arrancar quise hacer el último checking, quería ver que la maleta estaba ahí. Sin embargo, el cuerpo de un hombre se interponía en mi camino y me impedía el contacto directo con mi preciada maleta. Probé tres veces a girar la cabeza durante los primeros kilómetros hasta que al final sólo pude resignarme y confiar en que estuviera allí.

¡PUM! Trrrr. Frenazo. Puerta del maletero abierta. Mi maleta estaba ahí o debía estar ahí en principio. En ese momento tuve la conexión de ideas más rápida del mundo. Si A está en B y B se abre a toda velocidad. ¿Qué pasa con A? Todo esto pasó a la mayor velocidad que os podáis imaginar. Levanté la mirada hacia la carretera. Algo hacía a los coches desviarse y rodear un, una,… ¡una maleta! ¡Es mi maleta! Mi maleta había salido volando del maletero y se encontraba en medio de la carretera.

De verdad, pensaba que este año, no podría ser sorprendido de nuevo por un matatu. Sin embargo, un matatu nunca defrauda. Ya no sé si reirme o estar con miedo porque a saber cuál es la próxima.

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Tras una buena anestesia de trasero y comprar un par de hot sausage en un gasolinera, llegamos a Nairobi. Nuestro querido amigo militar, por aquel entonces ya muy preciado por nosotros, se bajó del matatu para comprobar que todo estaba en orden y nos venían a buscar, no quería que nos quedáramos ahí solos plantados en medio de la carretera de Nairobi. Nuestros queridos amigos, aquellos que conocimos a la ida, nos esperaban con el coche un poco más adelante. Ya eran las 18:00 de la tarde y el estómago nos pedía alimentos.

Natives, su recomendación. Así que ahí entramos. Muy bien ambientado pero la carta estaba a la mitad, por lo visto, el viernes y sábado tiene mucha afluencia y el domingo se quedan a dos velas. A medida que se acercaba el partido, más gente iba entrando. Decidimos pedir un chicken para acompañar el partido, un chicken que nunca apareció. En el momento inicial, lleno total. Unas animadoras nos regalaron un baile justo antes del pitido que daría comienzo a la gran final.

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Llegó la prórroga y aunque V estaba más animado que nunca, sentenciamos que lo más prudente sería abandonar el sitio pues a nuestros amigos kenianos se les veía un poco hasta las narices, aunque, por supuesto, serían incapaces de decirlo.

Mientras la cena, comenzando por mi móvil hasta que se descargó y siguiendo por el de V hasta que se descargó también, había estado arreglando lo de esta noche. La gran incógnita y aunque nuestros amigos nos habían buscado un hotel, preferimos algo más sencillo. Un sillón y un colchón en el suelo en casa de Fridah eran perfectos.

Así que estábamos allí, de nuevo donde comenzamos, donde paramos por primera vez. En esa pequeña casita, ese bajo de tres habitaciones, viendo la prórroga, ansiosos por los penaltis hasta que finalmente Germany sentenció.

Y aquí estoy yo, relatando este último día. V y L, duermen ya profundamente. Los mosquitos me susurran las buenas noches, mi última noche.

<span style=”font-family:Segoe Script;color:#cc8d04;”> El contador de arena </span>

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