Memorias de un Elefante

18. París, dulce París. Y por fin, Madrid

July, 14

Trrrr, tin, tin (sonidos de cerradura). ¿Quién está intentado abrir la puerta? Va, jo mamá, un poco más que hoy no tengo cole.

Trrr, tin, tin. Otra vez. ¿Se puede saber quién narices está jugando con la cerradura?

Estiro las piernas. Giro el cuello. La habitación está en penumbra. Nadie ha entrado en la casa. V y L siguen durmiendo, dentro de su capa de invisibilidad (o mosquitera), ajenos a todo lo que pasa a su alrededor. Creo que va siendo hora de empezar a funcionar. L y V van saliendo del mundo de los sueños poco a poco. Al otro lado de la puerta se escucha el sonido del agua saliendo de la ducha. La casa está en pie.

Y la agenda de hoy es… sorpresa. ¡Cómo no! Os lo aviso con tiempo, no intentéis planear nada en Nairobi, es imposible. A pesar de esto, dibujamos un boceto de nuestras intenciones del día: visitar la universidad e ir a comprar style africano con nuestros amigos Martin y Lynette, quienes más tarde nos dejarán en el aeropuerto.

Vale. ¿Dónde estamos? Sí, Nairobi, pero ¿dónde?

-Fridah, ¿cómo llegamos hasta la Strathmore University?

Se lo piensa.

-Tenéis que coger unos 3 matatus y para llevar tanto equipaje lo tenéis chungo.

Llamo a Martin. Está trabajando así que sobre el mediodía quedaremos con él en la uni y ya seguiremos juntos hasta el aeropuerto. Llamo a Lynette. Tampoco puede, nos dice que le avisará a Martin. Parece que lo de enseñarnos dónde comprar style africano se va torciendo. Ayer era todo tan bonito cuando lo planeamos.

Bueno pues no queda otra, en matatu hasta Nairobi Town. Fridah nos acompañan hasta la estación (3 matatus en fila a un lado de la carretera). Una vez allí, nos montamos en un súper bus, eso ya no es un matatu. Nos tenemos aprendida toda la locomoción keniana de memoria. Prudentemente y como viajeros experimentados decidimos que casi que los otros dos matatus nos los ahorramos y pillamos un taxi. En seguida nos encontramos con Jeff, un hombre sobre el que aprenderemos mucho, más adelante. Nos subimos al taxi y nos deja en la misma puerta de la uni.

Llamo a Babu, mi contacto en la uni. En seguida nos vemos con él y como es costumbre en Kenya, improvisamos. L y yo decidimos que nos vamos a Kibera, el segundo slum más grande de toda África. V seguirá a partir de ahora su camino sin nosotros. Le deseamos mucha suerte, nos despedimos y nos vamos a la cafetería universitaria a picar algo antes de nuestra nueva gran experiencia.

Montados ya en el bus, rodeados de un grupillo muy simpático de voluntarios kenianos, ponemos rumbo a Kibera. Por primera vez, desde que hemos llegado a Kenia, tenemos sitios de sobra y no al revés. El día promete.

Hemos conocido la Universidad, he visto a mi colega, vamos a conocer Kibera, luego una vueltecilla por Nairobi y finalmente al aeropuerto. Todo es perfecto, todo es guay. Durante el viaje llamo de nuevo a Martin para informar de la situación, es la 13:45. Me contesta que está en una reunión, que cuando salga me avisa. Perfecto, hasta las 16:00 estaremos rondando por Kibera, así que no hay prisa. Tras unas maniobras imposibles entre chabola y chabola, el bus se detiene y se abren las puertas. Una especie de barro hace de suelo. A los lados, corrientes de basura y otros descompuestos circulan por todo el slum. Las casas de barro o chapado sólo contienen oscuridad. Se ven bastantes niños, niños con uniformes de colegio. Tras caminar unos minutos, nos metemos en un school. Los niños nos reciben con alegría. Les dejamos algunas de las bolsas que hemos traído. Material escolar, comida, ropa… A L le designan fotógrafa del grupo y le hacen portadora de una de estas cámaras todo molonas que ahora están muy de moda. Empiezan a caer unas gotas. ¿Está chispeando? Bueno es complicado que se ponga a llover.

Empieza a llover. Empieza a llover mucho. Llegamos al autobús completamente calados, nuestros pies se confunden con el barro. Pues parece que está fresquito. No contentos con mojarnos una vez, cuando casi nos hemos secado o al menos ya no se puede escurrir agua de nuestras camisetas, bajamos por segunda vez del bus. Por suerte, la lluvia ha amainado. Otro colegio, nuevas amistades. Tras el discurso y la entrega, de vuelta al bus. Curiosamente, es salir de debajo del techo chapado y empieza de nuevo a jarrear. ¿Cómo? ¿Que esta mañana no os habíais duchado? Pues tomad ducha. Corremos hasta el bus, de nuevo calados hasta los huesos. Hay atasco. Tras un rato largo de viaje, ya son más de las 17:00, llamo a Martin. Es hora de ir pensando en cómo llegar al aeropuerto. Además tenemos que ir antes de casa de Fridah a por el equipaje. Por lo menos dos horas y media tenemos desde la uni hasta el aeropuerto.

-Hey Martin, how are you?

-Fine

-Good. When are you arriving? Have you finished your meeting?

-mmm. I cannot go. I have given back the car.

¿Cómooooo? La historia se repite. A 6 horas de que nuestro avión salga y nuestro conductor nos ha dejado tirados. Calados y en un bus camino de la uni. Me gustaría contar una historia dramática y que estábamos desesperados y bla bla bla pero por suerte, ya estoy hecho a prueba de Kenya y tenía un plan B. ¿Os acordáis de nuestro amigo Jeff, el taxista que nos llevó hasta la uni? Pues le había pedido su número, just in case. Así que le llamé. En media hora, estaría en la puerta.

Con las camisetas chorreando y los bajos delos pantalones llenos de barro. Con los zapatos encharcados y el pelo recién duchado, bajamos del autobús. Soplaba el viento. Tomamos algo en la cafetería, nos despedimos de Babu y fuimos a la puerta de la uni. En seguida llegó Jeff. Bueno pues allá vamos. Hay tiempo. Primero, tratar de llegar a casa de Fridah. Al menos una hora tenemos por delante, por mucho que todos los taxistas insistan en que sólo thirty minutes. Llegamos a la petrol station. Trato de contactar con Fridah para further instructions. Comunica. Vamos Fridah.

-Hey,

No se oye nada. Nada de nada.

-Please text me- me dice.

Resulta que no está en casa y que encima no le puede indicar al driver como llegar. Va L, nos la jugamos. Le indicamos al conductor tirando todo lo que podemos de lo que recordamos de esta mañana.

-Siga recto y luego habrá que girar a la izquierda.

Bien. Bien. No, por aquí no. Ah, espera, sí está tienda de muebles me suena, es un poco más adelante. ¿Está? No sé, no sé. Tratamos de nuevo de llamar, nada, comunica. Va, esta cuesta diría que hay que subirla. Sube, sube. ¿Qué si estamos seguros? Pues bueno, dentro de lo que cabe sí. Vale bien. Y ahora ¿otra vez a la izquierda no? Espera. Me bajo del vehículo. Corro por el camino. Vale sí, es por aquí, hemos llegado. Hago indicaciones al taxista. Adelante, adelante. Por fin.

Esperamos. Cruzamos los dedos, que haya alguien. La hermana de Fridah nos abre la puerta, bingo. L se cambia las zapatillas, yo hago un completo. Vaya, he dejado en el orfanato el resto de mi calzado… Sólo existe una posibilidad… ¡Las chanclas! Mi más hippie style sale a relucir, mi foto no tiene precio. Entre collares, pulseras, chanclas, pantalones bolsilleros y mi camiseta, melena hacia atrás, soy un hombre nuevo.

Nos despedimos y montamos de nuevo al vehículo que nos esperaba en la puerta, nuestro querido amigo Jeff. Los supuestos 45 minutos se convirtieron en dos horas.

-This is anormal-. Nos comentaban nuestro Jeff refiriéndose al atasco. El semáforo se ponía en verde, en rojo, en verde, en rojo, en verde, en rojo… y nosotros ni nos movíamos. Eso sí, luego lo compensamos saltándonos dos en rojo. Como parecía que iba para largo, nos animamos a conversar con Jeff. En cuanto se enteró de que habíamos estado ayudando en un orfanato trató de sacar tajada. Resulto ser, que nuestro Jeff había fundado una iglesia hacía un tiempo y ya contaba con cincuenta seguidores. Ahora quería construir el edificio que serviría de casa para su oficio y ahí entrábamos nosotros. Primero trató de que le enviásemos como un millón o dos de euros, que más da. Visto que no funcionaba prefirió asegurar, veniros a construirla nos dijo. Así que ya sabéis, el año que viene a construir la nueva pentecostal church de nuestro amigo Jeff.

Por fin alcanzamos el aeropuerto. A pesar de las horas y de estar completamente dark, había bastante circulación. Check-in, facturamos y para adentro.

Sentados, con el cinturón abrochado, ponemos de nuevo rumbo a nuestra casa, a nuestro hogar. Kenyan airways, the pride of Africa. París, dulce París. Y por fin, Madrid.

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El contador de arena

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