Summer Days

1. 20.000 leguas con hinchable marino

August, 5

El mar lucha contra sí mismo. Es como sí el mismísimo Poseidón se hubiese entablado en un combate a muerte contra su hermano Hades en las profundidades del océano. Las olas rompen una y otra vez. Nuestro bote se desplaza a merced del mismo rey de los mares. Desolados, pero sin cesar en nuestro afán por salir de aquella tormenta, no dejamos que nuestros músculos se destensen ni por un instante.

-¡Cuidado! ¡Agarra fuerte ese remo! ¡A babor, a babor!

Cada ola es como un golpe en la cara. Cada vez empieza a haber más agua en nuestro bote.

-¡Estamos perdiendo aire! ¡Se deshincha, se deshincha!

-¡Sigue, sigue! ¡Por lo que más quieras, no pares!

Nuestro bote va y viene. Empieza a girar a toda velocidad, no podemos controlarlo. La costa está lejos, sólo se ven unas rocas al fondo.

-¡Rápido, rápido! Por tu lado. No podemos dejar que nos empuje a las rocas.

Sacamos fuerzas de donde pensábamos ya no quedaban y en un último intento a la desesperada nos ponemos a remar más rápido que nunca. Nuestra barca sube y baja sin parar sin apenas darnos tiempo para ganar un poco de distancia. Una nueva ola nos cae encima. Nuestros remos parecen estar a punto de partirse por la mitad. Cada vez el panorama se presenta peor. La última ola ha estado a punto de volcarnos. Nuestro pequeño bote está sufriendo y no creo que vaya a aguantar mucho más. De repente, nos empezamos a sentir atraídos hacia el interior, ni si quiera somos capaces de aguantar la posición. Como si los tentáculos del mismísimo cracken nos hubieran atrapado, el mar nos engulle. Se empieza a levantar una ola, una ola gigante. Con ésta no podemos. Parece que va a ser el final…

cracken

-R, va siendo hora de que arregles la barca.

-¿Y cómo lo arreglo?

-Hay que ponerle un parche que venía.

-Vale, ven que ya he encontrado por dónde está pinchada.

Levanto la mirada desde de la mesa donde me encuentro escribiendo con el ordenador y le miro a mi hermano directamente a los ojos. Parece que está diciendo la verdad, así que despego mi trasero de la silla, inclino la pantalla del ordenador y busco con la mirada la caja de cartón en la que venía guardada la barca. Sigue donde la había dejado. Introduzco la mano y me hago con el único parche que hay. Esperemos que baste.

Mi hermano, por su parte, trae la barca, medio deshinchada sobre los hombros. Hago espacio sobre la mesa de la terraza y nos disponemos a operar.

-¿Y bien? ¿Dónde está el pinchazo?

Mi hermano rebusca un poco y señala con el dedo, apuntando directamente a una zona negra de la barca situada en la parte delantera. Es una pequeñita rajita de nada que ha abierto un mini agujero. En cualquier caso, ha sido este el responsable de dejarnos inutilizada la barca durante dos días. Ha llegado el momento de acabar con él.

Como persona prudente que soy, antes de intervenir al paciente, decido leer el prospecto del parche que vamos a usar. Ya sabéis, por si hay algún tipo de efecto secundario o algo.

“Limpiar la conciencia en la zona a reparar.”

-R, si has hecho algo mal últimamente es el momento de arrepentirse. Sino no vamos a tener forma de poner el parche de las narices.

Mi hermano me mira con cara de indiferencia y levanta los hombros.

-¿Todo bien? Perfecto.

Por si acaso, vamos a darle un manguerazo en la zona del pinchado. No vaya a ser que el parche no pegue bien.

Una vez se ha secado la barca, llega el momento más difícil.

-Cirujano R, tijeras.

-Aquí están.

Inclino las tijeras y empiezo a cortar, primero vertical y luego, calculado a ojo, giro hacia la derecha. Un poco torcido pero no ha quedado tan mal. Hay que ahorrar en parche o ¿qué os pensabais? ¿Qué le íbamos a poner toda la pegatina a ese mini agujero?

Es hora de aplicar el parche en la zona limpia. Me tiembla el pulso. Le pido a R que sujete al paciente por si se altera y empieza a moverse ya que no hemos podido administrarle ningún tipo de anestesia. Calculo el espacio, lo proyecto, coloco y presiono. Parece que hemos cortado la hemorragia, el aire ya no sale. Presiono una vez más mi dedo contra el parche y lo arrastro sobre toda la superficie.

Ahora, siguiendo de nuevo las instrucciones, debemos esperar media hora hasta poder insuflar nuevo aire al paciente.

Media hora que se hace eterna. Luchando por evitar caer en la desesperación y el pesimismo. Rogando que nuestra querida barca salga de esta. Y al fin, llegó el momento. R se coloca con el hinchador y comienza las maniobras de rescate. Parece que lo está haciendo bien y que la operación ha sido un éxito. En seguida, nuestra barca empieza a coger color y forma. Se le ve más sana, más grande. Gracias R, sin ti no hubiéramos podido.

barca

Es hora de entrar a navegar. La mar está tranquila. Nos metemos sin contemplaciones. Aguanto la respiración para tratar de disminuir la sensación de frío. Poso la barca una vez el agua nos llega hasta las caderas. La empujamos entre los dos tratando de evitar las olas. Una vez atravesada la zona más conflictiva, de un salto nos montamos los dos. Cada uno agarramos un remo y comenzamos la travesía. Dirección mar adentro. La bolla amarilla del fondo, nuestro objetivo. Poco a poco, nuestro cuerpo y nuestros músculos empiezan a coger una temperatura adecuada. El sol rápidamente se encarga de secar nuestra piel y los remos terminan de activar nuestro sistema locomotor. Sin dificultades, en poco tiempo hemos alcanzado nuestro primer punto de control.

Con buen criterio aconsejo virar hacia la derecha y poner rumbo hacia la pista uno. La razón es simple, mejor navegar a contracorriente primero y que la vuelta sea más tranquila. Tras unas distensiones entre quién rema por qué lado, adoptamos la resolución de que cada uno coja su lado bueno. R como buen zurdo y hombre de impulsos rápidos, se encargará de propulsar el lado izquierdo por la parte delantera y tratar de mantener el rumbo en todo momento. Yo, como buen diestro y corredor de fondo, hombre de larga distancia, equilibraré por detrás y remaré por la derecha. Y, así, como dos marineros intrépidos, nos embarcamos hacia la siguiente bolla. A nuestro parecer, el final de la playa, allí donde las rocas se meten al mar e impiden continuar caminando por la arena, se encuentra cada vez más cerca. Sólo tres bollas más y habremos llegado, así que remamos y remamos. Sin prisa pero sin pausa. Al mismo tiempo, nos vamos cruzando con algún que otro bañista e incluso con otra hinchable. Sin embargo, nos vemos obligados por la inercia de nuestra velocidad a dejarlos rápidamente atrás. Nos sentimos sin rival y aunque el sol comienza a hacerse patente, sobre todo, en nuestras pantorrillas, hay algo que nos impide dejar de avanzar.

-Pues hemos llegado más lejos de lo que pensaba- Le comentó a R

-Ya- me responde

-Oye, pues ya aquí, vamos al castillo

El castillo de Santi Petri. Un castillo de los tiempos en los que los romanos habitaron en la Península. Se dice que bajo las aguas aún está el camino que conecta el castillo con la costa y que éste puede ser atravesado a pie sólo una vez al año, cuando hay mareas vivas y estas están al mínimo. Y así, cada poco, iba metiendo la postillita sobre la idea de conquistar el castillo hasta que al final, ¡Bingo!

castillo-sancti-petri-crop

Sin ningún tipo de reproche, la barca cogió rumbo al castillo. 50 grados sur, 37 oeste. La parte delantera iba rompiendo las pequeñas ondulaciones que el mar nos presentaba a nuestro paso.

-Tratemos de adentrarnos un poco más o seremos arrastrados hasta las rocas.

Con todo nuestro empeño, modificamos ligeramente nuestro rumbo, para evitar entrar en la zona de olas que rompen contra las rocas. Ya estamos a la altura de las mismas y, sin contar, con unas pequeñas turbulencias, parece que hemos superado el obstáculo.

-Venga R, sigue remando que el castillo está al lado.

Tenemos las rocas detrás y al fondo se ven unas figuras sobre unas tablas remando. Parece paddle surf.

-Mira R, paddle surf. Eso es buena señal, significa que podemos navegar por allí sin problemas. No habrá rocas.

Sin embargo, no habíamos superado el obstáculo de las rocas. Por más que remábamos y remábamos, no parecíamos avanzar y el castillo que hace apenas unos minutos nos había parecido que se encontraba al lado, cada vez se iba alejando más y más. Yo, cada poco, miraba hacia atrás y, a pesar de que a mi juicio cada vez estábamos más cerca de las rocas que del castillo, preferí optar por cerrar el pico y no desilusionar a mi compañero que afanosamente remaba y remaba.

Al final, tras mucho esfuerzo, conseguimos salir de la corriente y llegamos a una zona aparentemente tranquila. Fue entonces cuando se me pasó por la cabeza fugazmente la idea de darme un chapuzón. Todo esto no fue fruto del puro azar sino que fue consecuencia directa de varias cosas:

En primer lugar, llevaba tiempo teniendo la sensación de que la barca iba perdiendo aire. Fuera así o no, el caso es que mi espalda cada vez se hundía más en la parte trasera de la barca hasta el punto de que si inclinaba un poco la cabeza, esta tocaba el agua mientras miraba al cielo. Por lo que a la ardua tarea de remar se unía la dificultad de hacerlo con la espalda cada vez más inclinada. Mi hermano, por su parte, tenía un problema similar al no tener donde apoyar la suya. Lo deduje al verle espatarrado contra uno de los laterales del hinchable, con un pie colgando por el otro lado y formando una extraña ondulación con todo su cuerpo. Al final, lo solucionamos colocando las plantas de mis pies de forma que hicieran de contrapeso con su zona lumbar.

En segundo lugar, y en relación con el anterior punto, resulta que la supuesta pérdida de aire (que más tarde sería confirmada pero que por el momento preferíamos dejarla en duda para evitar sumar problemas a la travesía) provocó que una de las gomas que unía la parte superior con la parte inferior de la barca me fuera excavando poco a poco la espalda hasta provocarme una rozadura. Traté de incorporarme en repetidas ocasiones, pero no duré mucho tiempo. Así que a medida que avanzábamos, el agujero de mi espalda iba cogiendo mayor profundidad. Como si la goma de la barca pretendiera encontrar un pequeño tesoro entre mis costillas.

En tercer lugar, el sol empezó a hacerse un hueco en nuestras pieles y estas como queriendo seguir el juego se fueron pintando de su color. Extraño que se volvieran rojas cuando todos nosotros lo vemos de color amarillo. En cualquier caso, nuestras pantorrillas estaban cada vez más coloradas.

Finalmente, el agua del mar que nos había salpicado en los momentos más arduos de nuestra travesía había comenzado a evaporarse dejando auténticos montoncillos de sal, sobre todo, por nuestros brazos. Si llegamos a tierra, jamás nos volverá a faltar la sal.

Toda esta serie de cúmulos unida a la tranquilidad que se respiraba en esa parte del mar fue lo que me inclinó a, finalmente, saltar de la barca al agua. Fue una sensación extraña que no sabría muy bien cómo definir. La playa quedaba al fondo, casi apenas se distinguía el conglomerado de personas que se apiñaban unas a otras luchando por un poco de arena en primera línea; al otro lado, el castillo.

Me puse a darle un poco a los pies, mientras sujetaba la barca por su parte posterior con mis brazos. Mi hermano seguía dentro. Y, entonces, lo escuchamos. Aquello de lo que hablan los marineros y los cuentos. Lo que narran las historias de viajes a tierras lejanas y seres fantásticos. Así es, amigos. Empezamos a escuchar el canto de las sirenas. Al principio dudamos. Yo pensé que era mi hermano haciendo el tonto y él pensó lo mismo de mí. Sin embargo, rápidamente empezaron a pasar cosas extrañas. Mi hermano fue el primero en sucumbir. Mientras yo trataba de patalear con todas mis fuerzas para alejarnos del lugar, mi hermano se empezó a recostar sobre la parte trasera de la barca descompensando esta. El morro cada vez se levantaba más. Y, de repente, como si no fuera dueño de mis actos, hice la presión final que consiguió que la barca volcara por completo. R cayó al agua y la barca quedó dada la vuelta. Rápidamente me sumergí y me introduje por debajo del agua en el espacio de aire que esta dejaba al estar dada la vuelta.

sirenas

-¡Eh R! ¡R! rápido, ven aquí. Estarás a salvo.

Me quedé sin respiración, tratando de escuchar que pasaba fuera. Se me hizo eterno, me temía lo peor.

Hasta que, al final, asomó la cabeza de R de entre las aguas. Por un momento pareció haberse ido la luz. La goma de la barca impedía que pudiéramos escuchar los cantos de aquellos seres fantásticos y estuvimos así un rato hasta que pensamos que era prudente salir de nuevo. Volvimos a dar la vuelta la barca y nos montamos sobre ella.

Lo habíamos conseguido, habíamos salido de las rocas y escapado de las sirenas. La travesía hasta el castillo todavía duró un rato, pero ya estábamos demasiado cerca, no podíamos abandonar. ¿Acaso Cristóbal Colón dio media vuelta cuando visualizó tierra? ¿Y qué me decís de Peary y Cook en las frías aguas que rodeaban el Polo Norte? Había que remar, cada brazada significaba estar un palmo más cerca de lo que ninguna otra hinchable había conseguido antes, estaba en nuestra mano ser recordados para siempre, estaba en nuestras manos hacer historia.

Terminamos por probar algo nuevo, algo inesperado, quizá se debía a los restos que los cantos de sirena habían dejado en nuestros cerebros. Mi hermano R se tumbó boca abajo en la barca y, en lugar de los remos, empezó a emplear sus brazos para hacernos avanzar. Yo por mi parte, coloqué de nuevo mis pies como motor trasero y con medio cuerpo dentro y medio cuerpo fuera empecé a patalear lo más rápido que puede. Por momentos parecíamos una auténtica lancha motora, al menos hacíamos tanta espuma como ellas.

La claridad del agua nos permitía ver el fondo y, al igual que los grandes descubridores arrojaban un ancla para saber cuánta distancia había hasta el fondo y conocer si había tierra cerca, nosotros hundimos nuestros remos para comprobar que, efectivamente, la orilla se encontraba cerca.

Ya no hacía falta remar fuerte. Simplemente había que dejarse llevar, manteniendo el ritmo. Decidimos bajar y sentir con nuestros propios pies el tacto de la arena. Pero más que arena, lo que encontramos fueron piedras.

-¡Crustáceos! ¡Ahí hay crustáceos!- bramó mi fiel compañero.

Pero ya nada podía detenernos. Las plantas acuáticas trataban de hacernos caer, aunque nosotros, con paso firme, no cejamos en avanzar. Al final caímos de rodillas sobre la orilla.

Lo habíamos logrado. El castillo había sido conquistado. Sacamos nuestra pequeña hinchable y le felicitamos por el trabajo hecho, le dimos la vuelta y le dejamos tomando un poco el sol. Proseguimos a pie. Un poco más de agua nos separaba del castillo. Pero ya nada comparada con toda la que habíamos atravesado.

castillo-de-sancti-petri tierra

Recorrimos con nuestros pies descalzos toda la isla. A pesar de ser todo piedra, como hombres curtidos que somos, aguantamos el dolor sin queja.

En una de estas, mientras tratábamos de acceder el castillo por uno de sus muros, un indígena saltó a nuestro paso.

-Ozúuu. Venimos en son de paz- fue lo primero que pronunciaron mis labios.

Nos miró con cara de sorpresa. Cómo preguntando que narices decía. Al mismo tiempo pareció sorprenderse de nuestro color de piel pues se puso a presionar su dedo contra nuestras barrigas y reía al ver como del rojo pasaban al blanco para volver al rojo.

R, me dijo con voz baja.

-Espera, yo me encargo.- Se dirigió hacia el indígena y probó suerte.

-Quiiiillooooo, camaróooon de la izlaaa y sultanas de coco y huevo, señores.

Tras soltar eso, me mira arqueando la ceja y como diciendo: ves, está todo controlado. Seguro que ahora nos deja ir.

Por fin, el indígena rompe su silencio y dice:

-Niños, ¿estáis bien?

¿Llamo a alguna ambulancia?

-Tss, R, es una trampa, aquí no hay ambulancias.

-¿qué hacemos? Parece que va disfrazado de camarero para engañar.

-Síguele el juego

Finalmente, nos invita a dar una vuelta por el castillo.

-Hasta que os aguanten los pies-. No dice con una risa maléfica. Y nos empuja al camino de piedras

Empezamos a temer por nuestras vidas. A esta isla no parece llegar carne fresca muy a menudo. Todo lo que vemos a nuestro alrededor parece convertirse en útiles de cocina.

-¡Mierda, tío, una cazuela! Nos van a cocinar- digo con voz temblorosa mientras se me escapa una lagrimilla por mi ojo derecho.

En realidad lo que estaba mirando era un pozo pero mi cabeza estaba tan confundida y asustada que ya no funcionaba bien. Mis ojos mandaban órdenes erróneas al cerebro que las ejecutaba como le daba la gana. En una de las esquinas del castillo nos parece ver un lugar donde se está preparando algo para comer. Un cartel sobre una especie de barra con diferentes muestras de alimentos reza:

BAR.

La cabeza de mi hermano parece también trastornarse por momentos, sólo le oigo repetir como si se encontrara en algún tipo de trance:

-bar a comernos, bar a comernos, var a comernos…

Le agitó con el brazo y trato de sacarle de sus ensoñaciones.

-R, por favor, haz algo, haz algo. Tengo miedo.

R ve un agujero en una de las murallas, nos introducimos por él.

-¿Saltamos?- le pregunto.

-¡Salta! ¡Corre, salta!

Abajo hay una zona con arena pero la altura es considerable. Sin embargo, no tenemos otra. Me siento sobre mis piernas, me impulso y salto al vacío. R me sigue por detrás. Corremos hacia la playa. Aprovechamos el momento de desconcierto para desenterrar unos presentes y muestras de aquella tierra desconocida (caracolas, conchas y alguna piedra de colores) y salimos pitando hacia nuestra barca. Cruzamos a toda velocidad el riachuelillo que nos separa de la isla donde habíamos dejado nuestra barca, no sin antes, tener que enfrentarnos a un crustáceo que se interponía en nuestro camino. La marea ha subido y el agua casi toca nuestra barca. Un poco más y nuestra barca podía haber acabado en medio del océano arrastrada por la corriente. Por suerte, habíamos calculado el tiempo exacto. La tumbamos sobre el agua de nuevo y nos montamos de un salto. Para cuando los indígenas se enteran de nuestra huida, ya nos encontramos a unos cuantos metros de la orilla y vemos como cada vez se van haciendo más y más pequeños.

-Ahí os quedáis, pringados.

Rápidamente el castillo queda atrás. Sin embargo, estamos exhaustos. Tratamos de poner rumbo noreste. Pero… las corrientes han cambiado. Yo contaba con que la vuelta sería pan comido, teniendo en cuenta que la ida había sido contracorriente, sin embargo, no me esperaba esto. El mar nos empuja con fuerza hacia dentro como si de un imán se tratara. Luchamos por mantener el rumbo pero lo único que conseguimos es ponernos a girar a la deriva. Es un momento tenso y R pierde la cordura. Se empieza a reír como un loco y acaba por contagiarme la risa. Ahí, estamos, en medio del océano, dando vueltas sin rumbo fijo y partiéndonos de risa. Esta situación duró como cinco minutos. Cuando recuperamos la cordura, tratamos de remar por un rato. Ambos queríamos parar, pero sabíamos que si parábamos el mar nos tragaría y todos nuestros esfuerzos anteriores por tratar de aproximarnos habrían sido en balde. En la zona de las rocas nos enfrentamos a un mar traicionero. Probamos de todo para salir de él.

“El mar parece estar luchando contra sí mismo. Es como sí el mismísimo Poseidón se hubiese entablado en un combate a muerte contra su hermano Hades en las profundidades del océano.

-¡Cuidado! ¡Agarra fuerte ese remo! ¡A babor, a babor!

Cada ola es como un golpe en la cara. Cada vez empieza a haber más agua en nuestro bote.

-¡Estamos perdiendo aire! ¡Se deshincha, se deshincha!

-¡Sigue, sigue! ¡Por lo que más quieras, no pares!

…”

tormenta-de-la-incredulidad

Vale, lo reconozco, quizá me pase un poco pintando la situación unos párrafos más arriba. Pero la realidad es que estábamos fastidiados.

R se lanza al agua y trata de empujar la barca desde delante. Yo trato de colaborar con los remos pero acabo haciendo lo mismo que R. Me lanzo al agua y entre los dos la vamos empujando a base de guantazos. R dirección este, yo dirección norte. Los dos tuvimos nuestro momento de pánico cuando en dos ocasiones, uno de nosotros (cada vez uno), se subió a la barca para ayudar desde la borda y tuvimos la sensación de que el otro se escapaba.

-¡Eh! Sin vergüenza, vuelve aquí. No, en serio, no tiene gracia.

La realidad es que el otro ni se movía y éramos nosotros los que éramos arrastrados hacia atrás y sólo al final con mucho esfuerzo conseguíamos llegar a la misma altura que la barca. Pasados estos momentos y tras mucho remar y nadar, de nuevo volvimos a superar las rocas.

R, exhausto, se tumbó boca arriba y dejó que el agua, ya tranquila, le fuera rozando el pelo de la cabeza. Yo, empezaba a avistar ya las formas que poblaban la playa, y remando tranquilamente, una a derecha y otra izquierda, ponía rumbo a nuestra casa.

De repente, el radar de la barca pitó. Algo se aproximaba a toda velocidad hacia nosotros. ¿Tiburones? Se me pasó rápidamente por la cabeza. ¡Anda ya, no seas tonto, a los tiburones no les gusta el plástico! Vaya fallo, no sé cómo se me pudo ocurrir que fueran tiburones.

No, era una lancha motora, una lancha roja y negra que se aproximaba a toda velocidad. ¿Piratas? Adopté mi posición de defensa y me presenté amenazante con mi remo sujetado por un extremo. Mi hermano se hizo con el otro.

-Tss R, son sólo dos, uno para cada uno.

Entonces vi la cruz de color rojo pintada en los laterales.

-Mi arrmaaaa, ozúuu, stooop, no noz hagáizz daño que también zomos cristianos.

Se quedaron inmóviles sin decir nada. Le miré a mi hermano.

-Tío, R, ¿crees que nos entenderán?

-Tío, igual vienen de África, prueba a decir algo en swahili

-Jina lako ni Contador de arena, Mimi ni Christian.

Nada, parece que siguen sin entendernos.

-Oye shavaless, ¿eztáiz bien? ¿Os remolcamos?

-Ah no, no, estamos bien. Todo controlado jefe.

-Tss, me parece que no son piratas.- me suelta mi hermano al oído. –Igual no es mala idea que nos lleven.

-Bueno oye, a ver sí os hacemos dar vuelta no eh? Pero que si os pilla de camino, pues vamos que no nos importa si nos lleváis.

Nos acercamos hasta la lancha motora y aunque con un poco de desconfianza nos lanzamos al agua para subir a la lancha. Dejo en manos de uno de ellos nuestra barca que tiene ya menos aire que nuestra tía abuela Lilian, aquellas navidades que se atragantó con los langostinos y casi se nos queda en el sitio.

Los dos rescatadores tienen sospechosamente morena la piel. Uno de ellos comenta:

-Sí llegáis a ir un poco más hacia allí, habríais acabado en ahí al fondo- Y señala a lo lejos. –Hay mucha corriente y te lleva.

-Venimos de ahí, precisamente, del castillo- Apunta mi hermano

El ocupante de la lancha nos mira con una mezcla de sorpresa e incredulidad como diciendo a mí no me la coláis, mira al castillo, nos devuelve la mirada, arquea las cejas y espeta:

-Zíi, del castillo.

Dedicado a mi hermano R.

El contador de arena

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s