Summer Days

3. Terraza de verano

August, 12

El reloj marca la una. Tras un momento de indecisión, nos sentamos en una de las mesas libres de aquel bar, uno de estos con terraza de verano. Uno de nosotros completa el cerco con una quinta silla. Dos gin-tonics sin terminar auguran un buen resultado.

Empezamos a conversar, sobre nada en concreto y todo en general. Esta semana, nuestra última semana, no puede ser una semana más, no, esta semana va ser top top.

-No hemos venido aquí a beber. ¡No! Estamos aquí para que nuestros próximos días sean recordados por nuestros nietos.- dice RC mientras pega un puñetazo sobre la mesa.

Como todo profesional organizado, empezamos por el único sitio que se puede empezar, por el principio. Ya es lunes, así que desde mañana tenemos que aprovechar cada momento, cada segundo de sol y de luna, cada bar, cada playa, cada grano de arena. Y, así, sin quererlo, nos metemos de lleno en un profundo debate sobre cuáles de nuestros múltiples eventos llegarán a hacerse realidad y a cuáles tendremos que dar la espalda.

-No, RC, lo siento, me parece que tendremos que prescindir de esa fiesta en el barco. Sí, sí, ya sé que tiene jacuzzi, pero todo no puede ser.

-No, MM, también vamos a tener que declinar el festival de salsa. Sé que has entrenado duro pero sabes de sobra que el profesor no nos da ninguna confianza.

En cuanto nos decidimos a abandonar un plan, salen otros tres. Se empiezan a notar las caras de desesperación. No, no se puede ser tan popular. RC, nos acerca la carta de cócteles del lugar. La empiezo a examinar con ojo clínico cuando llega el camarero.

Vestido de negro con unos pantalones cortos y un polo, tras interpelarnos por las gin-tonics que aún relucían sobre la mesa, nos toma nota. Su barba perfectamente recortada indica que no falta nunca a su cita diaria con la cuchilla. RC y FN se apuntan una coronita y una caña. Las chicas lo dejan pasar. Yo, por mi parte, sigo atento a la gran selección de batidos, zumos y cócteles que se me ofrecían. Con un gesto simple de muñeca le indico al camarero que puede retirarse, que mi decisión no la voy a tomar a la ligera.

De nuevo, a solas con los cinco, empiezo a poner cara de interesante a la vez que trato de pronunciar mentalmente el nombre de todas aquellas bebidas impronunciables. Pero, en realidad, sólo tengo ojos para una cosa: el precio. Nada baja de los seis. ¿Nada? Sí, ahí, en la esquina inferior izquierda, un número destaca por encima de los demás. No, no es un número cualquiera, es el número tres, uno de mis tantos números de la suerte. Mis ojos siguen la línea horizontal de puntitos que conecta ese aislado tres, como si de un oasis en medio del desierto se tratara, con el nombre de la susodicha bebida. Decidido por fin, veo al camarero dirigirse de nuevo hacia el bar. Me levanto rápidamente de la silla y le alcanzo por la espalda. Llevó la carta en mi mano izquierda y sin necesidad de mediar palabra, la abro, deslizo mi dedo índice derecho y me quedo señalando la bebida escogida, ahí, en esa esquina inferior izquierda, no la última, la penúltima.

La conversación se anima de nuevo.

-No, FR, sabemos que te encantan los barcos y el mar pero lo de ir a conquistar Portugal pillándoles por el Atlántico también me parece un poco excesivo. Sí, sí, sabemos que tú en dos días hacías no sólo Portugal, sino Gibraltar español también, pero tendrá que ser el verano que viene.

Una camarera con un mini short de estos que no merece ni llamarse pantalón, pues es un insulto al concepto que éste defiende, se asoma entre nosotros. Lleva una coronita, adornada con un limón sobre la boquilla de la botella, en la mano derecha y una caña en la otra mano.

-Chicos, ¿habéis pedido esto vosotros?

Asentimos con la mirada en un gesto cómplice y nos deja las bebidas sobre la mesa.

Momentos más tarde asoma nuestro camarero por la puerta del local y se acerca hasta nuestra mesa. Me mira con cara de circunstancia.

-Perdona, pero no nos queda…

Intercambiamos miradas. Todos en la mesa están expectantes. El camarero y yo seguimos nos seguimos mirando, aguantando la mirada, viendo que se rinde antes. Finalmente se rompe el silencio.

-Vas a tener que elegir… ¿Papaya o Maracuyá? 

De nuevo nos miramos el uno al otro, como si intentáramos derrotarnos con nuestros ojos. Tratando de meternos miedo el uno al otro, minando la moral del adversario. Mis ojos empiezan a decir que no tengo ni idea de a qué sabe ninguna de las dos, que sólo me quiero ir a casa y acabar con esto. Su cara empieza a decir que él está tan o, incluso, más perdido que yo en cuanto a los sabores y que esta es la primera vez que escucha el nombre de estas frutas en toda su vida. Pero no, no hemos llegado tan lejos, para nada.

-Papaya- Digo con voz firme y asintiendo con la cabeza.

El camarero se ríe y me dice.

-De acuerdo-

Entonces, para reafirmar mi elección y dejar claro que sé de lo que estoy hablando, pregunto:

-Pero… ¿Son redonditas o han salido tirando a ovaladas? Ya sabes, es que la cosecha del verano pasado venían todas muy redonditas…

Me mira con cara de sorpresa, hago caso omiso y sigo.

-Pero… ¿sabe si este año vienen con pepitas pares o impares? Bueno, si son pares me vale. Puede irse.

Se da la vuelta, y se va de nuevo, con su andar hacia el interior del bar.

Momentos más tarde, le veo aparecer de nuevo. Cruza el marco de la puerta con aire triunfal y sobre la mano porta una bandeja, una bandeja con un vaso relleno de un zumo de un color nuevo, un color que se quedó a la mitad entre el naranja y el rojo, y dicho zumo no viene sólo, no, viene acompañado de una pajita negra.

-Te la has jugado, ¿eh?- me suelta.

-Ya ves, siempre me han gustado los retos.- Le contesto.

Se queda mirando mi reacción al primer contacto de mis labios con el zumo. Frío al principio, afrutado, como a Papaya, con un ligero toque dulzón, desprende un aroma nuevo, desconocido pero intenso, sensación de verano. Sí, exacto, es cómo el sabor de la primera bocanada de aire cuando estás recién salido de una ola que te ha dado más vueltas que tu primo Pepe al tornillo de la puerta de casa que siempre se cae. Remuevo con la pajita, otro sorbo, el final se vuelve agridulce. El frío deja paso a un frescor más renovado, sigue siendo frío pero diferente, la Papaya explota todas sus propiedades en tu boca, consigue evocar tus recuerdos de la infancia, no te deja indiferente.

– ¿Y bien? ¿Cómo ha sido? ¿Cómo ha sido?

Prefiero que lo descubran por ellos mismos. Y uno a uno lo van probando. Al camarero me abstengo de ofrecerle. No se trata de ningún tipo de discriminación, ni ningún supuesto de escrúpulo, pero estamos hablando de zumo de Papaya 100% natural y él está en horario de trabajo. No queremos que ocurra ningún tipo de desgracia pues aún no conocemos los efectos secundarios de este nuevo tipo de bebida.

Sin embargo, unos cuantos sorbos más tarde, me doy cuenta de una cosa. Sí, exacto, esto no es Papaya, ¡esto es Maracuyá! Al chasqueo de mis dedos hago venir de nuevo al camarero. Ensayo mi mejor cara de indignación y digo.

-Disculpe, pero este zumo no sabe a Papaya, esto, sin lugar a dudas es Maracuyá. Que sepa que no lo pienso pagar. Sí, pruebe, pruebe.

El camarero le da un sorbo.

-Ve como esto no sabe a Papaya, ni de lejos.

-Mire, le seré sincero, no he probado la Papaya en la vida y no sé si lo llegaré a hacer algún día. Le aseguro que de momento no está en mi lista de cosas que debo hacer antes de morir. Pero también le aseguro, que sepa a lo que sepa eso, es Papaya y usted va a pagar esto por mis narices (no fue esa exactamente la parte del cuerpo que utilizó para amenazarme, pero como hombre educado e instruido que me gusta considerarme me veo obligado a no exponer literalmente su expresión.

No contento con la respuesta, le digo.

-Pues tráigame las Papayas que quiero verlas.

El camarero, perdiendo la paciencia, se da la vuelta y se va de nuevo al bar. Al rato, aparece de nuevo con un bote, lo abre, nos lo enseña y se queda esperando. Yo, por mi parte, me quedo mirando al resto de mis compañeros tratando de dar un veredicto. Todos examinamos la fruta con cara de interesantes aunque en realidad ninguno de nosotros tenemos la más remota idea de qué narices es una Papaya. A mí, la verdad es que la fruta del bote me recuerda mucho a un melocotón, sino fuera porque tiene un color verdoso. Y sin duda, aunque parezca escrito a rotulador, el cartel del bote reza: Papaya.

-Muy bien, pero que sepa que estas Papayas son de pepitas impares.- Le grito al camarero mientras se aleja, tratando de hacer menos dolorosa la derrota.

Entonces, misteriosamente, algo nos empieza a pasar. Como sin quererlo, sin apenas ser consciente de ello, mi espalda empieza a resbalarse por la silla, adoptando la posición más molona que he tenido en toda mi vida. Sí, una posición como diciendo: Tío me da igual todo, soy guay y la vida me resbala, igual que mi espalda por la silla, y no me mires o te mato con la mirada.

Al mismo tiempo, la muñeca de RC empieza a moverse, su dedo índice se le dispara y el pulgar mira hacia arriba, las cejas se le enarcan y los ojos se le achinan. Y ahí mismo, a golpes de muñeca, empieza a rapear a Eminem.

El resto del grupo comienza a hablar en un nuevo idioma.

Bro, mis viejos está noche no están en la house y me toca pasear al chucho.

Tron, que rayada, sí quieres después me paso por tu Kelly.

Súpermazo colega, a las diez cero cero pues.

Total!

Por supuesto todo acaba con un golpeo mutuo de puños y unas estiradas de camiseta. Algo nos había pasado, el zumo de Papaya nos había transformado… ¡Éramos guays!

papaya-juice-7

Dedicado a todos los que alguna vez se han sentido guays

El contador de arena

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One thought on “3. Terraza de verano

  1. Pingback: 2. The party! (LKF) | veranos infinitos

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