Summer Days

4. Adiós, adiós

August, 17

Y entonces llegó el momento. El coche arrancó dejando atrás todas las historias de un verano espectacular. Bien cargado, de la única forma que puede ir un coche familiar después de un tiempo en la playa. Poco importa si es una semana o dos meses, siempre se encontrará la forma de rellenar cualquier hueco posible. Porque el maletero de un coche no tiene un espacio determinado, no, su espacio está definido en función de las maletas que se introducen en su interior. Eso es, inhabilitando el espejo retrovisor central por completo, decantando el famoso dilema equipaje-visibilidad siempre a favor del primero. Porque total que más da, ya tenemos otros dos en los laterales. Y entonces se abre la verja de metal, esa verja que se alza hasta el cielo, ese cielo que a lo largo de este tiempo nos ha traído tan buenas noticias.

Y caminando por la playa trato de ver más allá. Miro hacia el fondo, hacia el mar, hacia ese velero lejano que se ha quedado atrapado entre las olas y la sal. Esas velas blancas que juegan a atrapar el viento y a no dejarlo marchar. Ese viento que quizá algún día yo comparta y me lleve hasta otra playa, hasta otro lugar, hasta la inmensidad oceánica que me haga apreciar las pequeñas cosas de la vida. Esas que tú y yo vemos cada día como normales.

Y miro alrededor, y todo son historias. Todo es un mundo ideal, un mundo que sólo unos pocos tienen la capacidad para ver. Un mundo que te hace comprender el por qué, la razón, la espectacularidad de aquellas personas que han dedicado su vida a que no acabe por desaparecer.

Y veo a ese niño que corre cuesta abajo con su tabla de body azul, esa tabla que casi es más grande que él y que lleva atada en su muñeca izquierda. Y a esa familia que se ha dibujado un campo de palas en la arena recién bañada por el mar y juegan dos contra dos. Y esa pelota que sale disparada y va a parar a los pies de aquella señora que ha colocado su hamaca en la mismísima orilla, como esperando que el mar le devuelva a aquel amor que una vez perdió, ese amor por el que ha estado esperando veinte tres años y al que nunca ha dejado de querer. Ese padre que camina por la orilla junto a su hija, preocupado porque se hace mayor, preocupado porque ayer volvió más tarde de las dos. Y esa hija que sólo piensa en el mar, en la arena, la playa y disfrutar, que sueña con enamorarse y ser mamá, ser mamá de unos cuantos niños y vestirlos a todos igual, y esperar a su marido que llega de trabajar y, después, ver una peli en el sofá. Y ese niño pequeño que camina sin mirar, que sin darse cuenta una ola le ha cogido y dando marcha atrás se ha caído de culo. Y ese otro niño con piel de gitanillo que se mete con su hermana mayor porque él se pone moreno y ella, a pesar de tirarse horas y horas bajo el sol, sigue igual. Y veo a otra familia jugar, haciendo castillos en la arena. A esos tres hermanos que con dos cubos y una pala se han ido a investigar, a cazar cangrejos entre las rocas. Y esas dos primas coquetas que pasean la playa una y otra vez buscando encontrar algo interesante, algún amigo, algún plan.

Y descubres que entre todos hay algo igual, algo que les hace especial, que todos disfrutan de la playa y del mar. Que todos buscan algo o lo empiezan a buscar, que en el fondo todos quieren lo mismo aunque no lo sepan expresar. Y es que este mundo es bello, es espectacular.

Y entonces te hace comprender porque aquel joven empresario con todo un camino de éxito por delante abandonó su empresa para ir a entregarse a esos niños perdidos de África. Porque esa mujer de una familia acomodada se hizo misionera de la caridad. Porque ese hombre sonríe al limpiar las heridas de aquel enfermo tirado en un callejón. Y es que sólo puede haber una razón, y es que este mundo tiene que estar hecho por amor.

El contador de arena

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