De playa en playa

4. En la arena

El otro día, caminando por la playa, tropecé y me caí. Me quedé tumbado en la arena, boca arriba, tratando de mirar al sol y reprochándole de tú a tú el porqué de las cosas que me estaban pasando. La arena, cómplice con el sol, abrazaba mi cuerpo y algunos granitos de arena se subieron a mi hombro para susurrarme que no me moviera. Dejé de sentir mi propio cuerpo y poco a poco, mecido por el mar, fui cayendo en un profundo sueño del que no quería despertar.


Entonces, me acordé de ti. Me acordé que una vez me contaste que estabas sola, rodeadas de cientos de personas, de amigos, de familia; pero, profundamente sola. Te sentías frustrada con la vida, incomprendida y enfada por cómo ésta te había tratado. Me llegaste a decir que si Dios existía, no podía ser bueno. Que era imposible que permitiera que tus padres se hubieran separado, imposible que tu primo se hubiese perdido entre las drogas, imposible que hubiera dejado que aquellos chicos de la escuela se hubiesen metido una y otra vez contigo. Era imposible que Dios te hubiese visto llorar tantas noches, sin sentirse conmovido. El recuerdo de no tener a quién recurrir en los malos momentos se fue convirtiendo en tu forma de vida. Buscaste el amor fuera de lo que habías conocido hasta el momento. Las noches de verano pasaron a ser el único antídoto contra tu tristeza. Trataste de recordar momentos felices, mientras olvidabas todo lo que pasaba a tu alrededor. Te levantabas confundida, sin saber si alegrarte porque durante la noche anterior alguien por algún momento te había querido. Soltaste el timón y quisiste olvidarte del mundo. Los días pasaban y el dolor cada vez era más grande. Más grande por pensar que una pequeña niña inocente había tenido que soportar el peso de los egoísmos del mundo. Tu consuelo fue pensar que a base de golpes se aprende. Que el amor sólo existía en el cine y que este mundo era mentiroso y frío. Que era imposible querer a alguien por encima de uno mismo. Dejaste de confiar en la gente y te volviste un misterio, para los demás y para ti misma. Ahora sí, ahora ya nadie podía hacerte daño. Pero, el peso de la soledad y el dolor acumulado en tu corazón son demasiado grandes como para que cargues con ellos tú sola. Volvieron las noches de lágrimas. Las noches acurrucada contra tu almohada, entre las que no sólo te olvidaste de luchar, te olvidaste de mí.


Te olvidaste de que yo aún sigo buscándote y de que no pararé hasta encontrarte. Pero jamás podré encontrarte si tú no me ayudas. Necesito que creas en mí, necesito que creas en el amor. Necesito que te levantes, que te des cuenta que la vida es demasiado corta como para no buscarnos desde el principio. Necesito que comprendas que quiero ponerme a tu lado, ayudarte a sujetar todo lo que has aguantado. Quiero cruzarme en tu camino y acompañarte hasta el final. Quiero tenderte una mano cuando te caigas y ayudarte a levantarte. Que no importa cuántas veces caigas, pero por favor, nunca te quedes tirada. Porque sé que muchas veces, la arena está caliente, el mar se escucha de fondo y se está tan bien, que es muy difícil levantarse. Pero si yo me quedo aquí y tú no te levantas, jamás estaremos juntos. Así, que levántate y empieza a buscarme, porque en la playa ya sólo queda un hueco en la arena y yo ya estoy en camino.

El contador de arena

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