De playa en playa

8. Angels

Llegó antes de tiempo. Escogió una mesa que quedara un poco apartada de la multitud. Una de esas de los extremos. Esas en las que te puedes sentar y hablar sin miedo a ser escuchado por algún que otro oído indiscreto. Esas desde las que puedes observar todo el panorama. Observar, analizar, comprender, todo eso que a él tanto le gustaba.

Se quedó mirando fijamente a una pareja que acaba de entrar por la puerta. Él le rodeaba la cintura con el brazo y ella le sonreía. Pasó a contemplar a un grupo de amigos que brindaban unas cervezas y reían, elevando la voz en algunos casos hasta límites un tanto molestos. Sin embargo, al final, todo aquel escándalo se fundía con la música y las demás conversaciones del bar, de forma que si uno no prestaba atención, apenas era capaz de enterarse de lo que estaba sucediendo.

Entonces, ella entró por la puerta. Nada más verle sentado en la mesa del fondo, le sonrío. Él, tratando de disimular el nerviosismo que repentinamente se había apoderado de él, trató de devolverle el saludo. Ella se acercó a la mesa, se quitó el abrigo y se sentó.

Se mostraba tan natural como siempre, su sonrisa era un dibujo perfecto, uno de esos detalles tan fascinantes que no pueden ser fruto de las manos del hombre. Sus ojos acompañaban el gesto de forma tan ideal que parecía que se hubieran tirado toda la noche anterior planeando aquel momento. Pasó la mano por su cabello y comenzó a hablar.

Él trataba de sonreír, y lo hacía. Pero no le salía tan bien como a ella. Su estado de nerviosismo y el mismo hecho de querer poner una sonrisa le hacían tensar los músculos de su cara de forma excesiva dejando entrever una especie de sonrisa no lograda. Lo peor de todo era que el era consciente de ese mismo hecho, lo que agravaba su sensación de sentirse estúpido.

Trataba de escucharla, pero no pasaban dos minutos sin que se preguntase que le estaría pareciendo a ella, ¿le parecería su cara demasiado seria? ¿debería hablar más? Tenía miedo de que ella acabara de relatar su historia y se quedaran sin tema de conversación. Y por ello, no hacía más que rebuscar en su cabeza posibles temas de los que tirar llegado el momento. Y, así, pensando en todo esto, de repente se dio cuenta de que su pierna no había parado de temblar desde que ella se había sentado en su mesa.

Llevaban ya más de diez minutos hablando y sus ojos apenas se habían cruzado más que un par de veces. Y es que a ella se le veía tan segura. Hablaba y hablaba y no le importaba lo que sucedía alrededor. Trató una vez más de prestar atención a lo que ella le contaba. Fue entonces cuando le preguntó:

-¿Tú crees que estamos aquí por algún motivo? Ósea, ¿se supone que nuestra vida tiene un propósito o somos sólo un simple fruto del azar?

Él adoptó todo el aire intelectual que pudo y por un momento se olvidó de todas sus preocupaciones.

-Claro que tenemos un propósito.— contestó. ¿Qué sentido tendría sino vivir?

Ella le miró. Su rostro dejaba entrever cierta confusión y parecía esforzarse por tratar de poner en orden todas las ideas que se acaban de formar en su cabeza. Entonces le dijo.

-Recuerdo que, de pequeña, mi madre solía contarme que tenía un ángel de la guarda. Un ángel que me cuidaba donde quiera que fuera.

Se detuvo un momento para pensar la siguiente la frase.

-Claro que por aquel entonces era una niña y tampoco me daba cuenta muy bien de lo que me hablaba. ¿Tú crees en los ángeles?

Él, que miraba fijamente la servilleta de papel con la que había estado jugueteando, levantó la mirada. ¿Los ángeles?¿qué clase de pregunta era aquella?

Rápidamente vinieron a su cabeza las imágenes de aquellos seres alados que tantas veces había visto en los cuadros y en los libros. Y entonces volvió a mirarla. Y vio su cara, y su sonrisa. Y entonces comprendió que si alguien había sido capaz de crear aquella perfección, aquella belleza, aquel símbolo humano que trasciende el mundo material; sin duda, los ángeles también podían existir. Si es que, acaso, no estuviese contemplando uno ya.

 

El contador de arena

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