De playa en playa

9. Let me love you

La vi. Allí, entre sus amigas, bailando, agitando los brazos y riendo en medio de la pista de baile. Lo recuerdo perfectamente, eran cuatro. Pero ella, ella era especial. No sé si fue su cabello rubio, su delicada carita o la gracia con la que sonreía lo que me llamó especialmente la atención. Sin embargo, nunca fui muy dado al amor de una noche de discoteca y aunque por un momento me permití el lujo de soñar con acercarme a ella y empezar a hablar, reírnos, mirarnos, conectar; pronto fui sacado de mis ensoñaciones por mi grupo de amigos que insistían en que me tomara una segunda copa. Desvié la mirada, antes de que ellos pudieran darse cuenta que me estaba fijando en alguien en particular y para cuando intenté volver a verla, mis ojos fueron incapaces de encontrarla entre la multitud que cada vez era mayor.

Me despegué del grupo con la excusa de ir al baño pero no tuve éxito en mi expedición. ¡Vaya, qué raro! Mis amigos ya no estaban donde los había dejado. Tras otro par de vueltas, al final di con ellos y ¿adivinar qué?, sí, ella estaba justo detrás. Me puse a bailar como todos, intentado encajar mis pies entre aquel tetris de cubitos de hielo, cristales y zapatos. Moviendo cuidadosamente mis brazos para no chocar con nadie y, al mismo tiempo, mirando de reojo, cada vez que tenía la oportunidad, a aquella chica que aún no conocía.

Vi como pronto llegaron otros dos chicos. No me hizo falta mucho para deducir que se trataban de los novios de dos de las amigas. Junto con los dos chicos llegaron otros dos. Como no puede sorprender a nadie, los dos solterones de oro pronto buscaron fortuna. Cada uno buscó su lugar estratégico. Divide y vencerás decían tiempo atrás y, curiosamente, es algo que se sigue viendo todas las noches. Allí estaban los cuatro (los ennoviados pronto desaparecieron de escena). Chico con chica y chica con chico, apenas conocidos, pero bailando como… ¡bueno ya sabéis como! En mi defensa he de decir que “mi chica” no parecía estar disfrutando tanto como la otra. ¿Por qué? No lo sé, quizá fuera sólo instinto, pero juraría aquella chica no era de las que “disfrutan la noche”. Así como a la otra se le veía claramente estar pasándoselo pipa, reía, se tiraba la mitad de la copa por encima y empezaba a dar luz verde a nuestro amigo; a “mi chica” se le veía más tensa, estaba más pendiente de su amiga que de ella misma, parecía sentirse sola en medio de aquel follón de música y luces. Y así, mientras nuestra alocada amiga estaba ya en los brazos de nuestro Don Juan; nuestro otro protagonista empezó a ver en aquella chica un hueso difícil de roer y emprendió la retirada.

Yo, que no perdía detalle, solté un suspiro de alivio. No me preguntéis por qué, ni si quiera la conocía. Sin embargo, algo de ella había llamado mi atención y, en cierto modo, una especie de celos se habían apoderado de mí durante la escena anterior. No celos, pero sí la impotencia de ver que aquella chica que había estado a punto de hacer algo de lo que seguramente más tarde se arrepentiría.

Pero no, mi calma aquella noche se vería perturbada de nuevo. Yo seguía sin atreverme a acercarme a ella (pero qué clase de friki se acerca a una chica en una discoteca sólo para preguntarle qué tal). Pero, al mismo tiempo no podía dejar de observarla. Disimulaba su tristeza y aquella sensación de vacío en medio de aquella discoteca en la que todo el mundo parecía emparejado menos ella.

Por razones fisiológicas tuve que perderla de nuevo un instante y cuál fue mi sorpresa (ironía) cuando me encontré a su antiguo pretendiente con su nuevo premio.

No hace falta decirlo, pero el baño como siempre: ¡un asco!

En fin, por dónde iba… ¡Ah, sí! Tras unos cuantos empujones conseguí llegar de nuevo a mi sitio. Ella de nuevo se había movido, pero todavía podía verla. Se había acercado a la barra del bar dónde se encontraba una de sus amigas con su novio. Hablaban y ella, de repente, parecía más animada. El novio de su amiga también le animaba a que se soltara un poco.

Y entonces vino lo mejor. Trajeron al Romeo que ya andaba un poco animado, y yo pensé: Tss ya verás, se va a llevar el tortazo de la noche. ¿De verdad pretende intentarlo de nuevo con ella?

Y entonces me dio el bajón. Por alguna razón ella empezó a seguirle el juego poco a poco. No, no podía ser tan tonta, ¿qué pasaba entonces? De repente lo entendí. La había estado observando toda la noche y no había caído. ¿Cómo podía haber sido tan estúpido?

Al principio de la noche, ella era posiblemente la chica más radiante de la noche. Llamadme soñador, pero quizá es ese aura que desprenden las chicas difíciles. Sin embargo, a medida que la noche había ido avanzando, ella se había empezado a dar cuenta de lo sola que estaba. Sus dos amigas se habían ido con sus dos novios de los que estaban súper enamoradas. Su otra amiga pronto encontró su amor también. Y ella, estaba allí, sin nadie que realmente le estuviera prestando atención. Sin nadie que se estuviera preocupando por cómo se sentía. Ella estaba a punto de entregarle uno de sus tesoros mejor guardados a un desconocido en un intento de encontrar ese amor que desde hacía tanto tiempo se le andaba escapando.

Él le agarró por la espalda, ella cerró los ojos…

¡No!¡No podía consentirlo! Todo mi cuerpo se revolvió en un micro segundo. Me dirigí a toda prisa hacia ellos y empujé a aquel embustero con todas las fuerzas que tenía. Casi le hago saltar la barra de la disco. Por supuesto, ya no recuerdo nada más. La paliza que me llevé por parte de los cuatro mosqueteros debió de ser impresionante y cuando me desperté sólo pude contemplar una cosa: a ella.

El contador de arena

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